Opinión / Iritzia

Sobre el nacionalismo español

Marcos Matínez Romano

Marcos Matínez Romano


Marcos Martínez Romano, politólogo. España es una nación porque millones de personas se sienten nacionalmente españolas. Este componente subjetivo hace que esto sea innegable. Sin embargo, también pareciera que es una nación “fallida”, mal construida, en la que ni sus élites ni sus intelectuales han sabido erigir una idea nacional uniforme y moderna al estilo francés, ni mucho menos han tenido la capacidad para comprender la plurinacionalidad como realidad de España. Ni han impuesto “ilustradamente” ni han construido y seducido democráticamente.

Por el contrario, España se edificó sobre el viejo solar castellano, imponiendo por la fuerza de las armas su hegemonía al resto de naciones peninsulares. Así, España, lejos de ser una suma de los pueblos que la componen, continúa instituyéndose sobre el dominio del nacionalismo oligárquico castellano sobre los demás.

Esto hace que el nacionalismo español viva en una esquizofrenia permanente. Asegura que Cataluña es parte constitutiva de España pero a la vez que es necesario “españolizar a los niños catalanes”. La quiere consigo, pero obligándola a dejar de ser ella misma. Quiere una Cataluña castellanizada para afirmar el dominio de su idea uniforme de España. Tratando de afirmar su españolidad, la niegan. Pues muestran a las claras que la españolidad de Cataluña se basa solo en la fuerza por la que a lo largo de la historia los restos del viejo Imperio han conseguido mantenerla consigo, pero sin asimilarla jamás.

Esta esquizofrenia explica la reacción agresiva del nacionalismo español en los últimos tiempos sintetizada en el ”a por ellos”. Cataluña, para el nacionalismo español, es un otro frente al que seguir afirmando la identidad propia por la vía de la negación y la imposición. Pero, a la vez, es una parte subordinada de esa identidad dominante a la que no se la puede dejar decidir su destino porque, en caso de que decidiera la ruptura o una relación en pie de igualdad dentro de un mismo marco jurídico, se vendría abajo la relación de subordinación que constituye la identidad nacional española hegemónica.
El nacionalismo español no acepta que su nación pueda ser democráticamente discutida mientras tacha de nacionalistas a los demás. La Constitución, en su artículo 2, regula una realidad nacional prepolítica, previa al pacto Constitucional. Esta es la mayor expresión de su esencialismo. Y es por ello que ante cualquier intento de poner en discusión política la nación española, el nacionalismo español de los partidos dinásticos reacciona con agresividad. Si la nación es prepolítica, su cuestionamiento se asemeja a una herejía en un sistema de creencias religioso.

Y, además, el español es un nacionalismo de Estado, que es históricamente el más agresivo porque tiene un aparato jurídico-administrativo-policial a su servicio. El que usa para materializar la reacción agresiva ante la puesta en discusión democrática sobre su nación.

Del federalismo imposible al independentismo por necesidad
En su ensayo “Sempre en Galiza,” Castelao, padre del nacionalismo gallego y federalista convencido hasta comprobar los límites para el desarrollo de un proyecto federal, afirmó que “nosotros queremos ser españoles, pero a condición de que este nombre no nos obligue a ser castellanos”.

La imposibilidad material de hacer esto efectivo a lo largo de la historia explica el fracaso de la construcción nacional española. Tanto por la renuncia de la oligarquía a aceptar la base federal de España como por su voluntad de imponer su proyecto de dominación de base castellana sobre las demás naciones peninsulares. España nunca ha sido la suma de los pueblos que la componen, sino el intento de una de ellas de imponerse sobre las demás. Esto es lo que, en buena medida, ha conducido a la progresiva deriva del proyecto catalanista -tradicionalmente federal y con voluntad de democratizar España- hacia el independentismo. Del federalismo imposible al independentismo por necesidad para poder seguir existiendo como nación.
La única forma de haber construido una España en la que todas sus naciones cupieran hubiera sido un modelo que permitiera la relación de igualdad entre ellas. Y el pleno desarrollo nacional de cada una de ellas en el proyecto común. Es decir, España como suma de sus partes y no como dominio de una de ellas sobre la anulación de las demás.

La pregunta es: ¿es posible la construcción de una idea de España como suma voluntaria de sus partes permitiendo que estas se desarrollen plenamente? Para mí, es imposible sin que previamente una o varias de esas naciones que la forman logre su pleno desenvolvimiento mediante la ruptura con el Estado español. Que además parece encaminado a una recentralización autoritaria a corto plazo. Como también escribió Castelao “sólo en una España rota subsiste una España roja.” Y hoy esta condición pasa por Cataluña.

El secuestro de la izquierda por el nacionalismo español

La dificultad para hacer esto posible reside en que este nacionalismo español autoritario y monopolizado por la derecha es hegemónico precisamente porque ha conseguido que la mayor parte de la izquierda -subalterna e históricamente derrotada en este proyecto nacional oligárquico- asuma su marco mental.

Para muchas figuras de la izquierda el problema catalán es visto más como un estorbo que como una oportunidad. Porque al pensarlo desde su mirada española (con un Estado ya constituido) no entienden que el derecho de autodeterminación es un fin en sí mismo para todo aquel pueblo que desee ejercerlo, sin hacer caso de lo que otros pueblos (en este caso el pueblo español) piensen de ese proceso. Por eso la defensa teórica de este derecho no se concreta en propuestas prácticas viables. Y por eso esta colonización mental del nacionalismo español en la izquierda se reproduce hasta en la organización interna de los partidos políticos de la izquierda española.

Sin que esta izquierda se libere del secuestro del nacionalismo español hegemónico, será imposible llevar a cabo una democratización de España sin una ruptura previa de la misma.


Revolución

jose_mari_esparza

jose_mari_esparza


 

José Mari Espaza. ¿Qué hacer? Se preguntan hoy muchos jóvenes, como en su día se preguntara Lenin. Y a fuer de sinceros, solo les podemos decir una cosa: haced la revolución. Pacífica, violenta, cibernética o como sea, pero revolución. O conquistando hegemonías, como descubre en los vascos el alemán Raul Zelik en su reciente libro “La izquierda abertzale acertó”.

Estuvimos en Moscú en el centenario de la Revolución, otero mágico para recordar qué supuso aquella gesta para los pobres del mundo, qué queda de ella y qué futuro nos espera.

La manifestación que otrora congregara millones de personas, apenas reunió tres mil almas cándidas, la mitad extranjeras. Pasamos dos veces por detectores, y caminamos por aceras valladas entre manadas de policías. No fue eso lo más desgarrador, sino escuchar desde la tribuna, frente a la Plaza Roja, una sola reivindicación: ¡el derecho a trabajar ocho horas diarias! Lo logrado hace cien años y reducido a siete horas en 1936, (junto a la jubilación a los 60 años, 55 las mujeres y 50 en casos especiales, como tener 5 hijos) hoy día es un sueño en la selva del mercado laboral.

Nuestros abuelos también soñaron con esas condiciones cuando salían «pautri», jornaleros, a la plaza del pueblo; nunca tuvieron vacaciones ni cobraron paro. A la vejez, beneficencia. América como recurso. De Rusia les vino toda esperanza: el derecho al descanso, la jubilación, la Seguridad Social, vacaciones pagadas, casas baratas para obreros, sanidad pública, educación general. De muetes creíamos que las chicas no sabían ni correr, hasta que comenzamos a ver a las soviéticas en las primeras televisiones: hacían atletismo, trabajaban de camioneras, torneras o astronautas; llenaban las universidades; se divorciaban y controlaban su natalidad. Aunque nos decían que el comunismo las hacía machorras, a nosotros nos parecían igual de hermosas y además, luego lo supimos, eran la vanguardia del feminismo.

Un espectro recorrió Europa, aterrorizando a los viejos poderes. La Iglesia comenzó a sacar encíclicas «sociales» que evitaran el socialismo. El fascismo inventó el socialnacionalismo para cortar el derrape de las masas hacia la izquierda. La derecha inventó la democracia cristiana, el ceder algo para que no les quitaran todo. Los tibios se agarraron a la socialdemocracia para impulsar el «estado de bienestar». Creció el cooperativismo como fórmula intermedia; el sindicalismo, los frentes populares… Visitar la URSS y hacerse comunista era todo uno. Solo entendiendo esa fascinación se comprende que muchos de los fusilados en 1936 gritaran ¡Viva Rusia! y que vivan entre nosotros octogenarios de nombre Lenin.

La estrella roja alcanzó su cénit cuando se desangró derrotando al nazismo. Incapaces de vencerla, los países capitalistas comenzaron la guerra fría, con un ojo puesto en los avances de la URSS, y con el otro reconociendo las demandas de su ciudadanía, para que el incendio rojo no se propagara. Y temblaban cuando nuevos países se descolonizaban o pasaban a la órbita socialista, incentivados por la utopía soviética, la Universidad de cuadros Patricio Lumumba o los eficaces AK-47, el mágico fusil de asalto, icono de todas las revoluciones del siglo XX. Gracias a ese miedo del capitalismo, fuimos la generación que mejor ha vivido.

Malherida por la burocracia, la corrupción y la rutina, era evidente que aquella madre del cordero mundial necesitaba cambios y libertades profundas, y por ellas apostamos, incluso editando algunos libros ingenuos, confundiendo reformas con derrumbes.

La caída de la URSS supuso el fin de la guerra fría y el comienzo de la caliente. Desenfrenado, el imperialismo impera. Hay más guerras, más refugiados, más diferencias sociales que nunca. Con la piñata de lo público en la URSS, comenzó el desmantelamiento de lo público en Europa. Sin competencia tecno-ideológica, hasta las cosas comenzaron a ser más obsolescentes: la fábrica rusa que hacía bombillas de larga duración fue la primera que cerraron.

Aquí ya están vaciando los fondos de la Seguridad Social, mientras regalan 40.000 millones a la banca. ¿Por qué nos van a dejar a nosotros lo que se pueden llevar ellos? Así, la esperanza de jubilación se aleja, la sanidad empeora, el trabajo se precariza. La emigración que conocieron nuestros abuelos vuelve para nuestros hijos, sodomizados en unas condiciones de trabajo que nosotros ni conocimos ni hubiéramos aceptado. Los desplazamientos provocados de millones de refugiados rebajarán las condiciones de vida de todos. Privatizan hasta los asilos, para trincar los pocos ahorros que nos queden. Siempre nos quedará Cáritas. Y el cielo.

Sin modelos revolucionarios, sin países socialistas, sin armas estratégicas, la izquierda y los sindicatos son incapaces de frenar el proceso de acumulación de plusvalías, la sucesión de guerras, la opresión de los pueblos, la desertización del planeta. Además, el discurso falaz de la no-violencia, dirigido siempre a los de abajo, castra los debates. Jamás el pacifismo de los corderos hizo vegetariano al lobo.

¿Qué hacer? Se preguntan hoy muchos jóvenes, como en su día se preguntara Lenin. Y a fuer de sinceros, solo les podemos decir una cosa: haced la revolución. Pacífica, violenta, cibernética o como sea, pero revolución. O conquistando hegemonías, como descubre en los vascos el alemán Raul Zelik en su reciente libro “La izquierda abertzale acertó”. Pero siempre revolución. Porque si no surgen revolcones y nuevas victorias que ilusionen a la gente, que la anime a la toma del poder, que asusten a los poderosos y les obligue a repartir la gallina… que nadie dude que mañana nuestros descendientes volverán a ser siervos y, pasado mañana, esclavos.

Ya sé que no era necesario ir a Moscú para llegar a esta evidencia pero, qué quieren que les diga, desde la Plaza Roja se veía todo más claro.