Opinión / Iritzia

Zumalakarregi, fueros e independencia

Zumalacarregui

En  contra de lo que afirma el relato oficial, Zumalakarregi trató de crear una república vasca federal e independiente. El precedente está ahí, y tarde o temprano tendrán que admitirlo, como admitieron la conquista o las masacres del 36.

 Acta de Estella del 14.XI.1833 en la que nombran jefe a Zumalakarregi por su adhesión al "Rey Don Carlos VIII de Navarra y V de Castilla" y a "los fueros y leyes de este Reino". Fotos: cedidas
Acta de Estella del 14.XI.1833 en la que nombran jefe a Zumalakarregi por su adhesión al «Rey Don Carlos VIII de Navarra y V de Castilla» y a «los Fueros y Leyes de este Reino».


M
aquiavelo lo dejó bien sentado: a una conquista militar le sigue una usurpación política y seguidamente una invasión cultural. Coetáneo de la conquista de Navarra, parece que el autor de El Príncipe se inspiró en ella. Así, los españoles llevan cinco siglos adoctrinándonos, apoyados en una abundante intelectualidad cipaya, estabulada, para más inri, en nuestras propias universidades. Toda evidencia histórica que recuerda nuestra singularidad nacional, nuestras luchas pretéritas por la de libertad, ha sido contrarrestada por sesudos historiadores con un relato oficial y falsario, bien ornado, eso sí, con el celofán del academicismo.

El ejemplo de Zumalakarregi y las guerras carlistas es uno más. Frente a la corriente histórica tradicional, hace ya décadas que la historiografía dominante sostiene que Zumalakarregi fue solo un patriota español, que los Fueros nada tuvieron que ver con el levantamiento popular que sacudió Euskal Herria y que solo la defensa del «Trono y del Altar» echó al monte al pobrerío vasco, en contra de los cresos liberales. Sin embargo, reconocen que para la gente los Fueros se resumían en quintas, contribuciones y aduanas, y que además el triunfo del liberalismo llevaba implícito la privatización de los comunales y otras gabelas, como de hecho ocurrió. Pero nuestros abuelos debían ser imbéciles, porque no les importaba ir ocho años a Ultramar, pagar más contribuciones o encarecer los productos básicos. Tampoco que les robaran los comunales. Ellos pasaban de Fueros. Morían y mataban solo por el rey absoluto, la Inquisición y la intransigencia religiosa. Zumalakarregi, dicen ahora, nunca enarboló la bandera foral.

Olvidan aposta que en los albores de la guerra (14.XI.1833) se levantó un acta en Estella en la que los jefes sublevados dicen lo contrario. Que el levantamiento era para defender los derechos del «Rey Don Carlos VIII de Navarra y V de Castilla» y a tal fin acordaban dejar el mando de las tropas a Zumalakarregi porque amén de su adhesión al Rey, reunía la cualidad «de adhesión a los fueros y leyes de este Reino». Se enviaron copias del acta «a la Diputación del Reino y las de las Provincias Vascongadas» y, días más tarde, reunidas en Etxarri Aranaz, las diputaciones «de mancomún acordaron conferirle el mando en jefe de las fuerzas vasconavarras». La Religión, ni se nombra en esta importante acta, que nuestros conspicuos historiadores ni citan.

Pero hay más. Cinco meses más tarde Zumalakarregi es invencible, tiene Euskal Herria en un puño y, sin embargo, no hay noticias del Rey, que todos creen en Portugal. Y es en ese momento cuando aparece la carta manuscrita, descubierta por el historiador Sorauren, que el 9 de abril de 1834 escribió Zurbano, agente de negocios de la Diputación en Madrid, dirigida al secretario de la misma José Basset. Es decir, una comunicación al más alto nivel de las instituciones navarras liberales. Zurbano informa que ha llegado a Madrid «una proclama de Zumalacárregui en la que dice que en atención a la inadtitud y abandono con que mira la defensa de su causa Don Carlos, se declara el Reino de Navarra y provincias vascongadas en República Federal y para ello se convocarán a los estados, luego que las circunstancias de la guerra lo permitan».

Este texto, creíamos algunos, revolucionaba la historiografía vasca, porque coincidía con lo que muchos autores de época (Mackencie, Chaho, Wilkinson, Laurens, Lassala, Leguía, Somerville, Lataillade, Aviraneta, Viardot y otros) habían dicho. Hasta el loado Pirala dijo haber «barruntos para creer que trataba de declarar la independencia de las provincias». Pero claro, convertir al gran Zumalakarregi en un prócer del independentismo y republicanismo vasco era un sapo demasiado grande para tragar. Y la cátedra optó entre el desprecio y el silencio.

Pero como un puzzle, en el que una vez comenzado encajan mejor las nuevas piezas, la imagen de lo ocurrido aquella primavera de 1834 ha ido cobrando claridad. El mismo Jose Antonio Urkijo, otro de los historiadores que hablan de nuestras «elucubraciones» independentistas, aporta datos sueltos que refuerzan lo descubierto por Sorauren. Y es que no solo los más altos funcionarios de la Diputación, sino que el general Harispe, héroe de Francia y Comandante General de los Bajos Pirineos, escribió el 6 de mayo una carta al Ministro de la Guerra francés diciéndole que le había llegado «desde vías diferentes y bastante seguras, una noticia muy particular: la Junta de Navarra al ver que Don Carlos abandona el juego, estaría de acuerdo con Zumalacarregui en proclamar la independencia de Navarra y las tres provincias para formar una república federal. (…) No se puede negar que la separación fuera algo muy fácil e incluso muy popular en estas provincias, que están unidas a España tan solo por vínculos muy débiles».

Harispe era un viejo conocedor del País. Bajonavarro de Baigorri, su alto cargo era la mejor atalaya para ver cuanto ocurría en la frontera, de la que él era el responsable. Que un mes más tarde «desde vías diferentes y bastante seguras», afirme lo mismo que Zurbano sería para tenerlo muy en cuenta. Añadir que la independencia sería «muy popular» ya es un pleonasmo. La noticia además rodó por toda Europa: el 14 de mayo el periódico ginebrino L’Europe Centrale informaba que «Zumalacarregui acaba de emitir una proclamación a los habitantes de las cuatro provincias insurgentes, mediante la cual los declara independientes, y los exime de cualquier sumisión a la autoridad de Don Carlos o la de la Reina». La noticia era tan relevante que el periódico aparece como adjunto en una nota de Von Metternich, canciller del Imperio Austríaco. En Italia, el Giornale del Regno delle Sue Sicilie del 14 de junio repicaba lo mismo, y no sería difícil encontrar más referencias. Es decir, que las diputaciones vascas, la prensa y los gobiernos europeos conocieron lo que luego muchos cronistas ratificaron: que los vascos podían sacar de la ecuación política al Rey, pero no a sus Fueros y libertades. Lo dijo el hispanista francés Louis Viardot, en 1836: «si se reconoce de una vez que Navarra y las provincias vascas no luchan por otra cosa que por su independencia, y no por la causa carlista, la cuestión se simplifica».

El resto ya es sabido: El pretendiente Carlos entró por fin en Navarra y Zumalakarregi abandonó la idea de una república federal independiente, novedad política que suponía un salto en el vacío inaudito en una Europa totalmente monárquica. Pero el precedente está ahí y tarde o temprano tendrán que admitirlo, como tuvieron que admitir la violenta conquista de Navarra o las masacres de 1936. Mientras, alegrémonos: aquella primavera, impulsado por su pueblo, surgió el prócer de la futura república vasca, federal, independiente y comunalera: Tomás Zumalakarregi

José Mari Esparza Zabalegi 


¿Los vascos no sabemos nuestra Historia?

tomás urzainki

¿Los vascos no sabemos nuestra Historia?

Koldo Mitxelena emitió el duro juicio siguiente, hace cincuenta y tres años, que desgraciadamente continúa vigente en la práctica: «Y no me refiero a la mayoría de los vascos; nadie, absolutamente nadie, sabe qué es y sobre todo qué ha sido nuestra Historia»; él mismo señalaba, a continuación de lo anterior, con persistente acierto: «hemos de confesar que hasta hoy, pese a la valía o al menos a la buena voluntad de algunos esfuerzos aislados, nada tenemos que merezca el nombre de historia vasca.

Sólo diré una cosa: la tal historia yace en el limbo de lo irreal, en espera de alguien que la libere de allí, alguien que, naturalmente, no será un individuo aislado ni lo conseguirá en un solo intento, sino con la colaboración y el esfuerzo de muchos». Estas premonitorias consideraciones las escribió para el preámbulo de la publicación, el año 1968, de la reedición del primer libro en euskera, Linguae vasconum primitiae, del año 1545, cuyo autor fue el navarro independiente Bernat Echepare.

Mitxelena ya era consciente de que sus contemporáneos desconocían, casi al igual que ahora, el contexto histórico –así como el ambiente cultural y político– determinante en el pensamiento de Etxepare. A este respecto, han sido bastantes los autores que han tratado este tema crucial, casi todos sin abandonar los tópicos y prejuicios que más o menos intencionadamente buscan traicionarlo; siendo actualmente las versiones mantenidas en los medios dependientes de instituciones y universidades del ámbito de la cultura, las que se resisten a reconocer la evidente persistencia del pensamiento independiente navarro y euskaldun –jurídico, político y literario– que se manifiesta hasta bien entrado el siglo XX. La obcecación que tienen para negarlo es tan grande que no abrirían los ojos aunque Bernat Echepare fuera Erasmo de Róterdam y que Joanes Leizarraga fuese Martin Lutero.

Las investigaciones realizadas han descubierto las falsedades inventadas de que Etxepare fuera partidario de los conquistadores, así como de otros aspectos claves de la obra capital de la literatura vasca, que deja constancia del pleno apoyo institucional navarro al autor de dicha obra –al igual que en las de Leizarraga, Axular, Oihenart y otros–. Así, en la dedicatoria de la misma agradece al abogado del rey Enrique II de Nabarra, Bernard Lehete, y: «… inprimiturik heuskara, oraino izan eztena, eta zure hatse honetik dadin aitzinerat augmenta, kontinua eta publika mundu guzietara eta baskoek bertzek bezala duten bere lengoajian skribuz zerbait doktrina, eta plazer hartzeko, solas egiteko, kantatzeko eta denbora igaraiteko materia, eta jinen direnek gero duten kausa oboro haren abantzatzeko.» …euskara impreso, cosa que no ha existido hasta ahora, y a partir de vuestro buen principio, progrese, vaya en aumento, continúe y se dé a conocer a todo el mundo; y tengan los vascos, como la tienen otros, escrita en su lengua alguna doctrina y materia para recrearse, conversar, cantar y pasar el tiempo.

La prueba de la existencia del euskara institucional en el Estado de Nabarra es de siglo y medio antes, está en la siguiente información fiscal remitida entre altos funcionarios, de hacia el año 1416: «Et jaquiçu Donejohane Garaçicoec dute gracia erregue bayturie hurtean yrurogey et amavi florin hurtean. sey florin et tercio bat ylean rebatiçera colectoreari». Sin embargo, los expurgos realizados desde la conquista en los archivos de las instituciones navarras por los nombrados por los conquistadores, los cinco altos funcionarios infiltrados, así como igualmente las jerarquías eclesiásticas, obispos y abades, que hicieron desaparecer lo que estuvo en sus manos, incluida la documentación en euskara.

Con motivo del nacimiento en 1553 del futuro Enrique III de Nabarra, su abuelo, Enrique II Sangoztarra –que entregó con todas sus fuerzas la vida a recuperar la independencia en la Navarra al sur de los Pirineos de las manos del invasor y conquistador Carlos I de España–, lo alzó en sus brazos a la vez que le dedicaban esta oda en euskara: «Gure Printzipe don Henrike munduguzia huna betor, aur noble onengana, oin eskuen apatzera, yaun andiari bezala. Ez jaio da ez jaioko inor honen iguala. Hanbat bada Seynale handi zeruan dakusaguna. Lenguaje orok badiote baron handia zarala Nic dioslut ziratela jaun guzien jauna».

En 1794 los mozos de Baigorri manifestaron expresamente su voluntad de pasarse en bloque, de las unidades militares de la Asamblea Nacional francesa donde se hallaban encuadrados a la fuerza, a los batallones de los Voluntarios de Navarra dirigidos y armados por las Cortes de Navarra: «Gerlara etorri ginean Gure bizien perillean, Gure agintariak franzes: Allons, chasseurs, avancez: Guk euskara eranzutea, Diabriak eraman bazintez. Viva Nafarroako Bolontarioak, Asanblean dezuiez Kontrarioak; Egin zazue gerla Biotzez ta gogotik; Gu ere elduen gera Zuen ondorendik.

José Antonio Muñagorri, el año 1838, jefe del Ejército por la Independencia navarra: «Oraintxe sei eun urte, gutxi gora bera, gipuztarrak joan giñan Gaztel aldera; artean Nafarroak, Gipuzkoak gañera, egiñ izandu zuten erreiño bat bera; orain galdeera zoaz egitera: zeren billatzera gipuztarrak joan giñan Gaztel aldera?

José María Iparraguirre, 1879, Nafarren Elcargoari: «Nafarren elcargoa burutzat degula ¡Zer zori onecoac maitatzen baguera¡ Euskaldun on guztiac Cerura beguira Esan Euscal-erria Salbatu debilla.»

El monumento a la defensa de la Libertad de Navarra, levantado en Iruña el año 1903, proclama: «Gu gaurko euskaldunok gure aitasoen illezkorren oroipenean, bildu gera emen gure legea gorde nai degula erakusteko».

Esta realidad euskaldun del Estado navarro la reflejaron autores de los siglos XVI, XVII y XVIII, y los contemporáneos, entre otros, Angel Sagaseta, Arturo Campion, Hermilio Oloriz, Luis Oroz, Anacleto Ortueta, Federico Krutwig, Joxe Azurmendi o Txillardegi, apreciando en su pensamiento que la Historia nacional propia de los vascos es la Navarra y que la arquitectura institucional estatal independiente de Euskal Herria ha sido Navarra. El fraude impostor y negacionista del relato historiográfico conquistador, en sus distintas versiones, es la norma practicada desde el inicio de la conquista, tan es así que forma parte de la acción conquistadora continuada.

Tomás Urzainki Mina