A propósito del chacolí de las merindades navarras de Pamplona y Sangüesa

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Ramón Ollacarizqueta, “Olla”, fue un conocido personaje en la Pamplona de la primera mitad del siglo XX. Tenía una pequeña carpintería en la calle San Agustín, enfrente del viejo Euskal Jai, histórico frontón donde nació el remonte, trágicamente derribado. Olla es conocido, entre otros méritos, por haber sido el compositor de las coplillas del “Pis pi ris”, según parece con la ayuda de Ignacio Baleztena (Pamplona, 1887-1972), polifacético abogado y político carlista, conocido como escritor con los pseudónimos de “Premín de Iruña” y “Tiburcio de Okabio” y autor del popular “Uno de Enero, dos de Febrero…”. El Pis pi ris se estrenó unos Sanfermines por las calles de Pamplona. En aquella ocasión Olla dirigió un coro de unos mil niños. La música la compuso Silvano Cervantes, director de la Banda Militar (Briñol Echarren, 1991). Su estribillo dice así:

Que viva, viva San Fermín/Pis pi ris, pis pi ris/Que viva viva San Fermín/Y también el chacolí.

La peña La Veleta, fundada en los años 30 del pasado siglo y ubicada en la calle Jarauta de Pamplona, fue una de las primeras cuadrillas sanfermineras modernas. Según parece fueron pioneros en el vestir de blanco y rojo, algo relativamente nuevo en las fiestas pamplonesas. La guerra del 36 y su salvaje represión acabó con ella. Los pocos que salieron con vida fundaron otra peña similar, La Saeta, que tampoco tuvo larga vida (Briñol Echarren, 1991). La letra de su himno decía así:

Viva la alegría/ de los veleteros/ Hay que divertirse/ y saber vivir/ Si con las canciones/ se seca la boca/ la remojaremos/ con el chacolí.

La mayor parte de la música y letras de los himnos de la peñas sanfermineras actuales fueron compuestas por el maestro Manuel Turrillas (Barasoain, 1905 – Pamplona, 1997), uno de los más conocidos autores de música para banda en Navarra, creador asimismo del himno del Club Atlético Osasuna.

En los años 40 los de la peña El Bullicio repetían:

¡Que Viva San Fermín/ la Peña El Bullicio/ y el rico chacolí!

En el himno de la peña Anaitasuna se canta:

Cositas tiene Pamplona que no las tiene Madrid/ Unas chicas como soles y el famoso chacolí/ Y lo mejor de este mundo, las fiestas de San Fermín.

Los del Muthiko Alaiak, sociedad cultural fundada por Ignacio Baleztena en 1934, cantan:

Los del Muthiko dicen este año/ que ante los toros no van a correr/ porque los echan afeitadicos/ y ellos el maula no quieren hacer./ Van a ir a verlos desde el tendido/ con una bota de buen chacolí/ y mientras uno canta la jota/ otro da vivas al gran San Fermín/

Y los del Bullicio Pamplonés:

Ay Juantxo que te pasa, que estás txotxolo/ Que por la calle te ibas hablando solo/ Decirle con Bullicio, beber chacolí/ Ahora cabeza alegre, ¡¡¡Gora San Fermin!!!

Etc. A la vista de estas letras, una de las preguntas que quizás más de un lector puede hacerse es la siguiente: ¿A qué chacolí1 se refieren estas y otras canciones? ¿Se trata del chacolí que, amparado bajo tres denominaciones de origen, se produce en parte del área atlántica de Vasconia? La respuesta es negativa. El chacolí al que tan apasionadamente canta la mocina pamplonesa no es sino el vino que antaño se elaboraba en grandes cantidades en los alrededores de Pamplona y en otros muchos lugares de su merindad y de la de Sangüesa.

Fig. 1.- Ámbito geográfico aproximado del chacolí en la Alta Navarra (Nafarroa Garaia) hasta tiempos recientes. (Modificado de Astibia, 1992).

Y es que hasta los años 60 del pasado siglo y no digamos antes del desastre de la filoxera, en la práctica totalidad de los pueblos de las Cuencas de Pamplona (Iruñerria) y Agoitz y valles colindantes (Gesalatz —merindad de Estella—, Ollo, Ezkabarte, Esteribar, Izagaondoa, Untziti, Urraul Goiti, Ibargoiti, etc.) había muchas viñas (Fig. 1). Actualmente, debido a los profundos cambios acaecidos en el medio rural y a la creciente urbanización del territorio, éstas casi han desaparecido. Es muy numerosa la toponimia alusiva a la cultura vitivinícola en toda la zona (Kapana, Ardantzeondoa, Ardantzepea, Moskateldegi, etc.). Al vino de dicho territorio siempre2 se le ha llamado chacolí, palabra que, sin embargo, parece haber desaparecido en las numerosas publicaciones recientes sobre el vino de Navarra.

El chacolí que nos ocupa, de mayor acidez y de menor graduación alcohólica que los vinos más meridionales de Navarra, es mayoritariamente tinto o tirando a tinto (txakolingorri) y, a diferencia del producido en Bizkaia, Gipuzkoa y Álava, se ha venido haciendo con cepas típicas de la vertiente mediterránea del país, sobre todo garnacha y tempranillo.

El editor bilbaíno García (1902), en su Guía Comercial Vasco-Navarra, menciona que Pamplona: “Produce en su término algunos cereales, vino-chacolí, hortalizas, frutas y legumbres”.

En la Monografía Agrícola de Navarra (Diputación de Navarra, 1915, pág. 292) se indica que “…en Navarra el cultivo de la vid se extiende por sus comarcas de modo que es posible en la provincia la obtención de toda clase de vinos. Desde el exquisito chacolí de 8˚ y 9˚ de alcohol al vino de 15˚ y 16˚, más esos espumosos, rancios dulces y moscatel…” Bengoa (1977) afirma que: “De todas formas contamos con unos tintos notables, finos rosados y agradables chacolíes.”

Las voces chacolí y chacolín están recogidas en la Gran Enciclopedia Navarra (1990), aunque sólo sea para constatar el declive de este vino: “Aunque todavía se siguen cosechando, los chacolingorris de calidad, como los que se hacían en Unciti e Izagaondoa y sobre todo los blancos de Villava, que dieron lugar a un excelente champán —se refiere al conocido “Champán Ezcaba” elaborado por Bodegas Navarras S. A. Hijos de Pablo Esparza—, han desaparecido”.

Julián Rubio en su Guía de Navarra de 1952-1953 citaba todavía 19 cosecheros de chacolí en la zona propia de este vino, sin contar los bastantes más cosecheros de vino en las mismas y otras muchas poblaciones de la misma área geográfica que, aún vendiendo el mismo producto, quizás preferían aparecer de la segunda manera. En numerosas ocasiones, los mismos productores aparecen de las dos formas. Las 19 poblaciones y cosecheros de chacolí explícitos eran los siguientes:

Biurrun (Miguel Navarcorena, Hipólito Loitegui, Miguel Otazu), Badoztain (Florentina Gorráiz, Francisca Olave, Agustín Osácar), Burlada (Fermina Aguinaga, Julián Lecumberri, Juan Uli, Marcelo Zazpe), Noain (Policarpo Leyún, Miguel López), Uharte (Marcelino Galar), Erize ( Jesús Miranda, Victoriano Andueza, Miguel Peruchena), Ariz (Víctor Aizpún), Lete (Daniel Alvar, Hermenegildo Ripa, Juan Ripa), Otsobi (Ricardo Ederra, Ambrosio Azcona, Francisco Amézqueta), Saratsa (Vda. de Sagüés, Simón Lumbier, Fermín Ibero), Anotz de Ollo (Jesús Echarren, Daniel Munárriz), Arteta (Angel Larumbe, Daniel Gainza), Beasoain (Clemente Aizpún, Saturnino Ollo), Egillor (Anastasio Erdozain, Félix Osinalde), Iltzarbe (Raimundo Ollacarizqueta), Saldise (Martino Azpíroz, Policarpo Ilzarbe), Ultzurrun (Anastasio Ezcurra, Paulo Oroquieta), Artaitz (Argimiro Aldaba, Jesús Cabodevilla, Francisco Braco), Atarrabia-Villava (Toribio Indurain, Venancio Vidaurreta, José Satrústegui).

En la siguiente edición de la mencionada guía, Rubio (1963) son 16 las localidades altonavarras en donde vuelven a parecer varios cosecheros de chacolí.

Lógicamente, además de los cosecheros, es decir de aquellas personas que vendían chacolí, había bastantes agricultores que tenían algo de viña y lo elaboraban para consumo doméstico. En las casas de mi madre, natural de Zizur Menor (Zizur Txikia) y de mi abuela paterna, de Atarrabia-Villava, se hacía chacolí. Los años en que la producción era grande solían vender parte de la misma en Pamplona. Todavía en los años 60 del pasado siglo había entre Mendillorri, lugar del valle de Egues donde me crié, hoy convertido en populoso barrio de Pamplona, y Badoztain unas cuantas viñas. Los colonos del palacio de Mendillorri, ofrecían chacolí a las visitas. Algunos obreros de la cercana Tejería de Segura hermanos, ya desaparecida, iban al palacio a llenar las botas (Ibarra, 1995).

Fig. 2.- Viña tradicional de chacolí en Bidaurreta (Etxauribar, Nafarroa). Pequeña plantación moderna y racimos de garnacha en Mutiloa (Aranguren, Nafarroa).
Fotos: Humberto Astibia Aierra.

En un trabajo precedente sobre el chacolí altonavarro (Astibia, 1992) se recogen los nombres y testimonios de algunos agricultores, que hace dos décadas aún producían chacolí para su propio consumo o lo habían hecho en otros tiempos. Hoy, las llamas de la producción y la memoria del chacolí, aunque muy tenues, todavía se mantienen (Fig. 2).

En tiempos llevaba fama el chacolí de las faldas del monte Ezkaba, en las mugas de Iruñea3. Madoz (1845-1850, pág. 299), que cita la producción de chacolí en las localidades de Esparza de Galar, Muru-Astrain, Ibiriku y Oltza, refiriéndose a Pamplona, no duda en afirmar que “hay bastantes viñas que dan vino chacolí, el cual bien tratado puede competir para el uso ordinario con otros extranjeros de nombradía. Distínguese sobre todo el que se recoge en el término de Ezkaba”. El chacolí de Francisco Sarasíbar, del palacio de Antsoain, población cuyo casco antiguo se ubica en la base sur de dicho monte, fue premiado con una medalla de plata en la Exposición internacional —Exposición nacional de vinos— de Barcelona de 1929 (Fig.3).

Fig. 3.- Etiqueta de Chacolí de Ezcaba, elaborado por D. Francisco Sarasíbar de Antsoain (Nafarroa), premiado en la exposición de vinos de Barcelona de 1929. Recientes todavía los estragos de la filoxera en el viñedo navarro, en esta etiqueta se indican la variedad de Vitis vinifera, garnacha, con la que está elaborado el chacolí y la especie de vid americana resistente a la plaga, Vitis riparia, utilizada en la plantación como portainjetos.
Foto: Colección del autor, por cortesía de la familia Sarasíbar de Antsoain, Nafarroa.

Quien fuera político y alcalde de Pamplona, Miguel Javier Urmeneta (Pamplona, 1915-1988) recoge en sus memorias la imagen de aquellas viñas: “mirábamos el campo de la Cuenca. Estaba lleno de sol que nacía de color rubio. Se veían muy bien las viñas del chacolí de San Cristóbal y Ezcaba” (Urmeneta, 1991). El recuerdo sigue vivo. En 1999 el ayuntamiento de Berriozar acordó incluir en su comparsa de gigantes dos nuevas figuras, antaño típicas de la Cuenca de Pamplona: un pastor y una vendimiadora, evocadores del pastoreo y la recogida de uvas de las viñas con las que se elaboraba el afamado chacolí de Ezkaba (www.berriozar.es).

En las primeras décadas del siglo XX la venta de chacolí se anunciaba continuamente en los periódicos navarros. En Pamplona se vendía al chiquiteo en muchas tabernas del casco viejo. Además, existían los chacolís o chacolines, establecimientos austeros de mobiliario y comida donde se vendía este vino, muchas veces hecho por los propios dueños. Cuando hacia la primavera abrían el local, colocaban en la puerta un lienzo blanco, indicativo de que ya se podía entrar a beber chacolí. El recordado doctor e historiador local José Joaquín Arazuri (Pamplona, 1918-2000) menciona el nombre y ubicación de algunos de estos chacolines. También en la ya citada Gran enciclopedia Navarra se mencionan estas bodegas. Tales eran, entre otros, los chacolís de Casa del Capitán, Galbete, Iribarren y el Sastrico, en la calle de las Pellejerías, los de Mientefuerte, San Lorencico y Subiza, en la calle San Lorenzo, el de Sanz, en la calle San Nicolás, último en tener en su puerta el letrero de “Vinos del cosechero”, el de Jaúregui en la calle Campana, el famoso de Culancho, de boveda gótica, en las Tecenderías, Aldaz, en la calle Curia, etc. Próximos a la ciudad y muy frecuentados por los irunshemes estaban los de Beriain y Mina en Artika, el de Juvenal en Ainzoain, Badarán en Berriozar, la Venta de Orkoien, etc. (Arazuri, 1995; Gran Enciclopedia Navarra, 1990).

El escritor Miguel Sánchez-Ostiz (2004) menciona este mundo en su obra Liquidación por derribo: diarios, 1999-2000: “A lo lejos se ven los montes de Ezkaba, en donde todavía se advierte la traza de las viñas que servían para hacer el txakolin que vendían en los txakolines del Casco Viejo, las puertas guardadas con una cortina de lienzo blanco: txakolines del lienzo blanco”. Hoy contrasta la abundancia de pseudo-sidrerías y pseudo-pubs, con la falta de proyectos empresariales encaminados a recrear los chacolís (txakolindegiak), antaño tan típicos en la capital navarra.

Hasta aquí algunas noticias sobre el chacolí navarro de las merindades de Pamplona y Sangüesa, que aunque conocidas e, incluso, vividas por muchos, no deja de tener cierto interés el recordarlas. Hay todavía un amplio campo para la investigación y también para la práctica. Con ello se ha pretendido, modestamente, aportar algunos datos, a modo de breves pinceladas, al conocimiento del mundo del chacolí, un ámbito que, como ocurre con otros muchos de la cultura vasca, es más diverso de lo que algunos estereotipos actuales nos vienen transmitiendo.

Agradecimientos

A Luis Miguel Astibia, Julia Fernández, José Miguel Martínez Urmeneta, Xabier Orue-Etxebarria y Xabier Pereda Suberbiola, por sus valiosos comentarios y la revisión crítica del manuscrito.

Humberto Astibia