Lantz coloca una placa de homenaje a los Caro Baroja

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Desde ayer, la familia Caro Baroja ocupa un lugar especial en Lantz. Aunque ya lo hacía en los recuerdos de los vecinos, por ser los hermanos Julio y Pío Caro Baroja los promotores en la recuperación de su carnaval hace ahora 50 años, a partir de ahora los etnógrafos e investigadores cuentan con su propio hueco en el frontón. Julio falleció en 1995 -ahora cumpliría 100 años- y Pío, con 86, se encuentra delicado de salud, pero la villa no quiso olvidar la importancia de ambos en la continuación de su carnaval, y en un sencillo acto se descubrió una placa alusiva a la efeméride. Al homenaje acudió Pío Caro-Baroja Jaureguialzo -hijo de Pío- en representación de la familia.

Fue el Ayuntamiento el que llamó a la familia Caro-Baroja para conmemorar este aniversario, ya que en 1964 fueron ellos quienes convencieron a los habitantes y lugareños para representar su característica jornada carnavalesca. Con la grabación del documental de los hermanos, que incluyeron en su película Navarra, cuatro estaciones, la particular tradición de la villa, perdida por las prohibiciones de la dictadura y documentada desde los bandos municipales del siglo XIX, volvió a celebrarse de forma ininterrumpida.

Pío Caro-Baroja hijo calificó de “emotiva” su vuelta a Lantz. Ya había visitado el lugar en diferentes ocasiones, particularmente cuando acude a la casa que su familia posee en Bera, pero no en carnaval. “Sí que he visto el carnaval cuando era crío, pero de adulto no”, apuntó. “Volver aquí me recuerda lo que supuso para los dos hermanos la grabación. Yo la vi en el cine de Bera y tuvo mucho éxito. Lantz fue pionero en querer recuperar una tradición perdida como era el carnaval”, añadió.

El hijo y sobrino de los homenajeados recordó también algunos comentarios que los hermanos Caro Baroja “hacían en casa” acerca del documental: “Mi padre comentaba que algunos vecinos no eran muy propensos a realizar la grabación porque pensaban que iban a venir con sus cámaras, grabar y marcharse, y lo que querían era recuperar y continuar para siempre con esta fiesta”. Pero no fue así. “Felizmente, gracias a la voluntad del pueblo, se ha conseguido mantener”, destacó Pío Caro-Baroja.

los actos El maligno bandido Miel Otxin volverá a ser ajusticiado y quemado hoy, en el frontón del pueblo, cerca de las 20.00 horas. Antes, en la última jornada festiva, se celebrará un ritual que se viene repitiendo desde hace 50 años: los mozos almorzarán en la Posada, bailarán el zortziko en el pasillo, saldrán en kalejira, prepararán una comida, volverán a bailar un zortziko en el pasillo y saldrán de nuevo a recorrer las calles. Entre tanto, el pajar de la Posada se convertirá en un hervidero de nervios y en un camerino donde los vecinos se transformarán en los llamativos personajes e iconos de la fiesta.

Detalles

La película. Navarra. Las cuatro estaciones es una muestra de los aspectos más relevantes y característicos de la cultura tradicional de Navarra: carnavales, romerías, artesanías de aperos y herramientas, labores agrícolas, fiestas patronales y otras manifestaciones propias de la sociedad y el folklore rural. Tiene una duración de 150 minutos, al ritmo marcado por las estaciones del año.

Los Caro Baroja. Pío Caro Baroja y Julio Caro Baroja son sobrinos del escritor Pío Baroja. Pío fue el que filmó la película y el documental en Lantz, y Julio el autor del guión. Ambos se centraron en aspectos etnográficos.


 

Enemigos en el carnaval, amigos en hacer Lantz

Joseba Aríztegui y Luis Mariñelarena encarnan a Ziripot y Zaldiko, protagonistas del carnaval rural que recuperaron sus padres y enseñan a sus hijos.

De pequeño pasaban tanto miedo al ver las hogueras, el ruido de los herrajes, aquellos hombres siniestros cubiertos con sacos rotos y la fascinante leyenda acerca de un ser malvado, el Miel Otxin -que además creían que seguía viviendo en la Posada-, que apenas disfrutaban de la fiesta carnavalera. “Teníamos que esperar a que terminara el carnaval para disfrazarnos y jugar con uno palo vestido de Miel Otxin…”, relata Luis Mariñelarena, el alma del Zaldiko. Como para entonces era Cuaresma los vecinos reprendían a los txikitos por ser tiempo de recogimiento y liturgias religiosas de las que los pequeños -desde sus juegos- vivían ajenos… Conforme cumplían los 15-16 años pasaban a formar parte de la comparsa pagana, todo un ritual de inmersión al mundo de los adultos donde anidan esos sentimientos oscuros del mal, la traición y la venganza: “Para nosotros era el no va más”. Hoy, los más pequeños tienen la oportunidad de participar en el carnaval txiki -tuvo lugar el pasado domingo-, como las dos hijas de Luis (Amaia, de siete años, y Jaione, de seis), el Ziripot, y la mayor de Joseba (Olaia), el Zaldiko, porque su pequeño Oihan, de ocho meses, se conforma con el traje de txatxu txiki. En realidad llevan las cintas debajo del brazo al nacer. Luis y Joseba no son sólo protagonistas del carnaval sino personajes claves también de la vida diaria de un pueblo que ha logrado mantener sus tradiciones y costumbres, y arraigar a la gente joven. Ambos han crecido aquí y han logrado que sus hijos tengan un futuro lejos de la ciudad.

El carnaval también transforma a los mayores que esperan con ahínco la llegada de la primavera, la luz y el calor. Con Miel Otxin se entierra un largo invierno y un letargo que en los pueblos siempre es más duro. De las cenizas resurge una vida nueva. Miel Otxin cumple su pena, es juzgado y castigado de forma ejemplizante mientras se refuerzan los lazos de solidaridad en el pueblo. Muy cerca, nacerán brotes verdes en el campo. En realidad Miel Otxin fue un bandido cuyas fechorías se remontan a la Edad Media. Un delincuente de los muchos que tuvo Lantz (quizás los más conocidos fueron del siglo XIX), en ese cruce de caminos donde contrabandistas y mercaderes, camino a Francia, se topaban con bandoleros dispuestos a sacarles los cuartos.

Luis recuerda muchas de las historias que le contaban los mayores como la de aquella mujer que llegó a la Posada cargada de dinero. Aquella forastera se fío de un “buen hombre del pueblo” al que le confesó que guardaba el alijo en el moño siendo asaltada al día siguiente. Historias de un pueblo que fue próspero y autónomo, no en vano contaba con potro de herraje, molino, comercio, vacas de leche, iglesia y cura propios, y una escuela. Hoy tiene 130 habitantes y mantiene el orgullo de ser un pueblo “muy unido, estamos más ilusionados que nunca porque nuestros hijos disfruten de un pueblo vivo”, relatan. Prueba de esta riqueza es que hay más de treinta críos que participan del carnaval txiki o los 18 chavales que suben en el autobús escolar cada día para estudiar en Larraintzar. “Hay chavales con 8 y 10 años que dentro de diez les pillará más mocicos y van a ser el relevo del carnaval”, recalca Joseba.

Éste es sin duda un evento infinitamente más popular que las fiestas. “Se coge con muchas ganas, coincide también con el cambio de estación aunque quizás lo más bonito es el trabajo conjunto y disfrutar como pueblo porque todos y todas participan…”, remarca. De hecho, el programa es mucho más que la kalejira. Entre otros preparativos, empieza el sábado con la cena, el domingo la merienda con los críos, el lunes se come y se va de casa en casa, y el martes almuerzo, comida y traca final…. Así van luego los txatxus de movidos… otra cosa son Ziripot y Zaldiko que no pueden permitirse beber una gota.

Sus padres pertenecen a la generación que vio recuperar el carnaval cuando era joven, allá por 1964, el viejo carnaval. “Esperaban como agua de mayo este día para salir a divertirse”, recuerda. Joseba lleva diez años y le precedieron en el papel de Ziripot Juanito Olagüe, Juanito Marticorena y José Ariztegui. Joseba y Luis se complementan bien fuera del saco. El hombre fuerte y bonachón del pueblo -fuerza y nobleza que encarna en la vida real Joseba, afirman los suyos- se encarga de apresar al malvado Miel Otxin mientras Zaldiko, el caballo del bandido que robaba otxines al pueblo -Luis, hermano del alcalde, sabe trotar también sin miedo para defender sus ideas, subrayan desde su entorno- le pone trabas en su cometido, marcándole el paso sin dejar de acosarle. En el desfile llegan a participar alrededor de 40 personas aunque todo el pueblo se vuelca en los preparativos desde acondicionar aparcamientos hasta preparar las meriendas. El disfraz tiene tres piezas, las dos patas que son dos sacos que se rellenan de helechos, cruzados con tirantes al torso, y el cuerpo que sobresale 20 centímetros, un molde preparado y también relleno de hojas. Un visillo en la cara, el gorro y un “buen palo para sujetarme” completan el disfraz. El desván de La Posada esconde el momento del engaño aunque para ellos lo mejor del carnaval es la capacidad de “improvisación, de ser espontáneos”. “Si me vistiera de txatxu no tendría aliciente. Me gusta este personaje aunque paso más calor que una sauna”, expresa Aríztegui.

improvisación “Lo peor es el volumen porque al estar atrapado no puedes doblar las piernas”, abunda este joven de 35 años que comparte con Izaskun Altuna dos hijos. Trabaja como comercial de piensos de profesión aunque también cría ovejas y caballos (en un pueblo donde, además, hay hasta cuatro grandes explotaciones ganaderas) aunque su mayor afición es el monte. “Sé que no me hallaría en la ciudad. Y quiero esta forma de vida, en comunidad, en contacto con la naturaleza y en libertad para mis hijos”, abunda. Luis tiene 42 años y lleva 17 cabalgando como Zaldiko aunque a los ocho ya participaba en el carnaval infantil. Es tan auténtico su atuendo como la cola de caballo que cuelga de la estructura de madera de roble. Apresaron al dueño de ese caballo y por eso se muestra “beligerante” con la gente del pueblo, se ceba con el más torpe, debe derribar a ziripot y escapar de los herreros. Los txatxus le atrapan y simulan el herraje del caballo con tenazas y yunque para amaestrar al animal y que sirva al pueblo. Él se resiste, no es fácil de domar, admite.

Luis destaca que el carnaval no se ha dejado de celebrar nunca aunque antiguamente se hacía “a escondidas”, y reconoce que pese a que se ha vuelto popular lo mejor son los “ratos íntimos, la visita a las casas, las comidas…”. Ellos no sólo siguen la tradición sino que la reinventan cada año, “nada se repite”. Tampoco los males que representa Miel Otxin porque cada año hay un chivo expiatorio que recordar. Como la vida que para renovarse necesita el aliento de los txatxus, para mover ficha.

Diario de Noticias, 04/03/2014