La sempiterna traición del PSN-PSOE

El 14 de marzo de 2004, tras la victoria electoral socialista, una multitud se congregó ante la sede de Ferraz para celebrarlo y gritar a Zapatero aquello de “¡no nos falles!”. Siete años más tarde el PSOE devolvía el poder a la derecha, después de haber fallado a todos, de castigar duramente a la clase trabajadora y de expoliar a los pensionistas del futuro. Estos hechos, en realidad, no dejaban de ser coherentes con la trayectoria mantenida desde la Transición, como demuestran los casos Filesa, Guerra o Urralburu, el escándalo de los fondos reservados, la traicionera jugarreta de la entrada en la OTAN y, de forma muy especial, la repugnante guerra sucia del GAL, que llegó a pringar a algunos de sus gerifaltes. Una deriva lamentable que, en definitiva, emborronaba el recuerdo del socialismo histórico, incluidos los mártires que aún abonan las fosas comunes de la Guerra Civil.

Pero es sin duda cuando analizamos la andadura socialista en Navarra cuando el desastre adquiere proporciones bíblicas. Tras el golpe de Tejero en febrero de 1981, los partidos mayoritarios sintieron la necesidad de acallar el ruido de sables de los cuarteles impulsando la LOAPA, toda una rebaja del planteamiento autonómico. Ello trajo además consigo, de manera automática, la segregación de Navarra de la Agrupación Socialista de Euskadi, así como la retirada de la ikurriña de los ayuntamientos navarros, incluido el de Pamplona, donde los propios socialistas la habían colocado tan solo cuatro años antes. Se trataba de una serie de prudentes y estratégicas medidas, que culminaban en el mes de marzo siguiente, cuando el PSOE pactaba con la derecha el Amejoramiento del Fuero, único estatuto aprobado sin referéndum, que sancionaba la separación de Navarra del resto de provincias vascas. Parecido espíritu impulsó a Ferraz a aniquilar al PSN en 1996, cuando estalló el caso de las cuentas secretas en Suiza, priorizando, como ha ocurrido ahora, la necesidad de poner orden en Navarra. Nombraron a dedo una gestora (Pérez Calvo, Mazuelas, Eguren y Arbeloa), que se encargó de entregar el Gobierno a UPN, condenándonos a un largo y aún no concluido mandato. En el colmo del esperpento, además, alguno de aquellos socialistas de medio pelo llegó a pedir públicamente el voto para UPN.

El paso del PSN a la oposición no atemperó este seguidismo servil respecto a la derecha. Sirva como ejemplo la faraónica y poco ejemplarizante obra de Itoiz-Canal de Navarra, la antidemocrática Ley de Símbolos, la adjudicación sectaria de emisoras de radio o una política lingüística que tiene como único objetivo la asfixia del euskara. Y un dato más. En el PSN pamplonés, que ya entonces sostenía a Barcina y que colaboró, por ejemplo, en el expolio de la plaza del Castillo (2003), figuraba un joven Roberto Jiménez, que aprendía el oficio como grumete de Javier Iturbe.

Y llegamos así prácticamente al momento actual. Todavía en 2007, el PSN se presentaba a las elecciones al Parlamento bajo el lema En Navarra, tú decides. Luego, en el célebre agostazo, nos mostrarían el escaso recorrido que dicho lema y el propio PSN tiene, totalmente supeditado a la voluntad de Madrid. Dónde y bajo qué condiciones se cocinó aquella infamia es aún secreto de sumario. Así las cosas, cuando en noviembre de 2013 Rubalcaba remataba el Congreso del PSOE diciendo eufóricamente aquello de “vuelven los socialistas”, los navarros deberíamos haber sospechado que, para nosotros, aquello solo podía significar que los socialistas iban a volver… a traicionarnos. Y así sobrevino el marzazo. Es bien cierto que la irrelevancia política de Roberto Jiménez quedó bien acreditada en aquel esperpéntico vaudeville, al verle tener que tragarse todas y cada una de sus amenazantes baladronadas hacia Barcina. Pero ello no debe ocultarnos que las directrices marcadas por Rubalcaba y su equipo desde Madrid constituyen la cara más sórdida de la política, su faceta más mezquina, manipuladora, mentirosa, fullera y sucia.

¿Qué es lo que impulsa a Ferraz a boicotear una y otra vez la posibilidad de un cambio real en Navarra? La respuesta viene dada, sin duda alguna, en clave numérica. El PSOE obtuvo en las últimas elecciones cerca de 50.000 votos en Navarra. Es decir, el equivalente a la suma de los votos socialistas en Móstoles y Alcorcón. Frente a la cruda realidad de esta irrelevancia electoral, Navarra tiene, en cambio, un innegable peso simbólico en España. Navarra es cuestión de estado. Lo es ahora, y lo fue también en 2007, en 1982 y hasta en 1841. En realidad, nunca ha dejado de serlo desde su conquista a principios del siglo XVI. Es por ello que, cada vez que en Navarra se visualiza la posibilidad de un cambio real, en Madrid suenan las trompetas del Apocalipsis. Ya lo dijo Alfonso Alonso, portavoz del PP, el día 13 de febrero, cuando pidió que Rubalcaba paralizase la moción de censura a Barcina, asegurando abiertamente que “la cuestión de Navarra trasciende a la propia Navarra”. Una despreciable manera de decir que en Madrid no están dispuestos a aceptar la voluntad de los navarros.

La única lectura posible que la historia nos brinda es, en definitiva, que el PSN ni ha sido ni será nunca un instrumento válido para el cambio en Navarra. Y es imprescindible que todos tomemos nota de este hecho, también aquellos que les bailan el agua cada vez que salta un escándalo o una crisis de Gobierno en UPN. Si en Navarra alguna vez sobreviene un cambio de régimen, este no vendrá de la mano del PSOE, sencillamente, porque ellos mismos son parte esencial de dicho régimen, lo han sido desde la Transición. La única estrategia posible pasa por la unión de las fuerzas realmente progresistas de Navarra, y pasa porque nos repitamos, como si de un mágico mantra se tratase, en voz bien alta y hasta la mismísima víspera de las elecciones, que ni un solo voto por el cambio debe terminar en las alforjas del PSN. Sería como tirarlo a la basura.

Joseba Asiron