Opinión / Iritzia

¿Qué es ese País Vasco? Proceso, tierras, gentes, lenguas

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Jose Mari Pérez Bustero, Escritor. En esta época de verano, en que salimos fuera y tenemos gente que nos visita, puede que nos pregunten: «¿Pero qué es ese País Vasco que suena tanto?» Cuestión simple y compleja a la vez. Desde luego, cada uno dará la respuesta que le parezca oportuna pero, si miramos sin prisa, nos saltan cuatro elementos altamente constitutivos. Son la hacienda vasca. Por ello vale la pena recordarlos una y otra vez, y masticar las tareas esenciales que conllevan.

El elemento básico es el proceso que ha tenido este país. Cada época lo refundió de arriba a abajo. Si tocamos la prehistoria, los antropólogos nos hablan de una cultura con características diferenciadas en ambas vertientes del Pirineo. Luego nos topamos con casi seis siglos de colonización romana. De capital importancia porque, al margen del control, aportaron a la gente vasca técnicas en construcción de poblaciones y vías de comunicación, en el cultivo de cereales, y añadieron nuevos términos al lenguaje. También mostraron técnicas de organización militar, hasta el punto de que los mismos vascos participaron en sus ejércitos.

Otro período se inicia en el siglo V, con la llegada de pueblos germánicos. Pero los vascones ya no eran gente desarmada. Así es como se aliaron en la zona norte con los aquitanos y opusieron gran resistencia a los francos. Y por el sur, cuando decayó el reino visigodo en el siglo VIII y los musulmanes se instalaron en la zona del Ebro y media de Navarra, no solo demostraron una notable capacidad de defensa, sino que ya en el IX emergió una monarquía en tierras de Pamplona –«Reyes de los vascones» que les llamaban– y que fue afirmándose hasta predominar en el norte peninsular y llegar por el norte hasta el Garona en el siglo XI.

La tremenda carencia de esa reorganización vascona fue que no conllevó una suficiente cohesión del conjunto de zonas y rincones vascos. De hecho, cuando surgió la monarquía castellana, hubo tierras y familias que se aliaron con ella para evitar la dependencia directa de los reyes de Pamplona –que se llamarán luego de Navarra–. Precisamente esa monarquía castellana será pronto la gran agresora de los vascos. En el siglo XIII se apoderó de las tierras de Araba y Gipuzkoa, y en el XVI conquistó Pamplona.

Ahí comienza otra nueva fase. Continuó habiendo una notable autonomía de funcionamiento, pero las tierras y gentes seguían inconexas. Incluso fueron muchos los vascos que, siglo tras siglo, buscaron aventura y riqueza en la conquista castellana de las tierras americanas. La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas es un botón de muestra.

Llegamos a finales del siglo XVIII y nos encontramos con la tragedia que la Convención Francesa llevó a tierras de Iparralde, porque no seguían sus dictámenes centralistas. Y en Hegoalde el proceso fue parecidamente dramático con las llamadas guerras carlistas a lo largo del siglo XIX contra la decisión gubernamental de centralizar la gestión de todo el estado. Así se vació el pueblo vasco, con miles y miles de muertos y exiliados, y se verificó la derrota foral.

No se anuló, sin embargo, el sentimiento de identidad pues surgió pronto el movimiento cultural que resaltaba la identidad propia en Navarra, en el que cabe citar a Arturo Campión, uno de los fundadores de la Real Academia de la Lengua Vasca. Y paralelamente tuvo lugar la puesta en marcha del Partido Nacionalista Vasco. Posteriormente sobrevinieron la dictadura de Primo de Rivera y del franquismo, pero tampoco apagaron la conciencia vasca, pues tomó gran fuerza un amplio movimiento de liberación nacional.

En este largo proceso quedó definido el otro elemento constitutivo vasco: las tierras. Son miles los vascos que se han ido de este país, huidos o buscando trabajo o aventura, pero ha permanecido siempre una parcela del mundo que sigue siendo la tierra vasca. La agresividad de los estados centralistas han tratado de disolver la imagen de esa tierra, dividiéndola en provincias o asignándola a departamentos. Pero los vascos siguen siendo gente asentada entre el Adour y el Ebro, con fronteras recortadas por una y otra parte, pero sin deshacer la realidad de su tierra madre.

El tercer componente esencial de este país son las gentes vascas. Aunque no somos un calco de los prehistóricos, aunque los actuales habitantes de estos siete territorios seamos en parte venidos de fuera o hijos de ellos, aunque seamos muy diferentes, nosotros somos los vascos.

El cuarto elemento que integra esa hacienda vasca son las lenguas. El euskera, el castellano y el francés. Desde luego nuestro idioma nuclear es el euskera, que perdura desde la prehistoria y que es exclusivo de esta tierra. Pero somos un país con tres idiomas. Un país de veinte mil kilómetros cuadrados que practica tres hablares habitualmente.

Teniendo en cuenta estos elementos, ¿que tareas esenciales tenemos por delante? Para empezar, es imprescindible conocer nuestro proceso en su complejidad. Interiorizarlo. Aunque no vayamos a sus detalles, comprender el cauce que hemos tenido los vascos, pues con ello asumiremos que nuestro proceso nos ha dejado desunidos, y que tenemos la imprescindible tarea de conocernos, visitarnos, dialogar mucho más entre nosotros.

En ese mismo sentido debemos también conocer nuestras tierras. Enamorarnos de una Euskal Herria hecha de montes y de zonas llanas, de costa y de afluentes del Ebro, de Bardenas, llanadas y valles. No hablar de «siete territorios», sino conocerlos y saberlos, uno a uno, como parte de nuestra realidad. Amamos ese gran término «Euskal Herria», pero debemos amar cada trozo de tierras que la componen.

Parecidamente nos sucede con las gentes. Incluso más que con las tierras. Nos cuesta tremendamente conocer a los otros. Nos duele incluso asumir nuestra diversidad. Pero debemos sentir cada más intensamente que todos los habitantes de esta tierra somos vascos. De otro modo estaremos infectados por el virus de desunión. ¿Y los recién llegados? Vamos a conocerlos mucho más, y de esa manera podremos abrirles la puerta para que el sentido de vecindad, el contacto con nuestros usos y costumbres, la misma atracción de la cultura vasca, e incluso la hostilidad que nos manifiestan los gobiernos centralistas hagan que el sentido de pertenencia vasca se adentre también en la mente de ellos y de sus hijos. Vamos a entender a fondo que no han venido a robarnos ni en busca de aventura sino de trabajo y supervivencia.

La otra tarea múltiple paralela es el euskera. Ser inteligentes en ello. Mostrarlo como propiedad de todos. Tanto de quienes lo hablan habitualmente, como de quienes usan sólo cuatro simples palabras, o ninguna. Que todos lo sepan suyo. Sería un hecho sombrío perderlo, o no levantarlo de su actual situación. Pero sería asimismo nebuloso transformarlo en un elemento divisor de la gente.

Proceso, tierras, gentes, lenguas. ¡Cuanto quehacer tenemos delante!


 

El encanto de Madrid

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Jose Mari Esparza Zabalegi. Siempre fuimos un país chiquito. O los vecinos fueron más grandes. Tuvimos un Estado chico, progre en aquella sazón, pero vinieron unos abusones con más bulas, picas y arcabuces y, como decía Alesón, “nos borraron del catálogo de las naciones”. Tras los tercios del duque de Alba trajeron la Inquisición y las mazmorras de Logroño fueron la primera dispersión para los vascos heréticos.

Unos quedaron yertos en Noain o Amaiur, otros fueron al exilio a conspirar y otros, medio esclavos, levantaron para los conquistadores la Ciudadela de Pamplona. Los más prácticos transaron. Donde no se puede segar, se espiga. La bella Universidad de Salamanca, en encanto de la Corte… comenzaron a hacernos españoles. El miedo español a la secesión vasconavarra aflojó los dogales, y pudimos mantener los Fueros durante 300 años gracias a tres sustentos: unos se llevaban bien con Madrid, otros seguían amagando con Francia y todos defendían la casa política común, los fueros, usos y costumbres.

Los vasconavarros demostraron que, incluso con retales de la independencia, sabían levantar una sociedad más próspera y menos tétrica que sus dominadores meridionales. El genio creativo y trabajador del país siempre reflotaba. No hay un solo viajero que cruzara Euskal Herria entre el siglo XVI y el XIX que no se admirara de su progreso y de su progresía; de su igualitarismo; de su sentido de la independencia. Los Fueros eran ejemplo para la Europa que quería salir del absolutismo. Los vascos, ejemplo de democracia para Rousseau, John Adams, Víctor Hugo, Mérimée, ¡tantos!

Éramos las provincias forales. Exentas. Gemelas. Libres. Estábamos más cerca de Francia que de Madrid y el miedo al secesionismo guardaba la viña. Hasta nos trocaron por la isla Santo Domingo cuando casi nos marchábamos en 1795.

Tras la Revolución Francesa, París se metió Iparralde en el bolsillo con la zanahoria de la fraternité y el palo de las deportaciones. Al sur de los Pirineos también se partió el alma del país. Unos querían mantener los Fueros dentro una España constitucional. Otros dejarlos igual. Todos perdieron: las fronteras del Ebro, las Cortes, las quintas, los comunales, todo fue parejo. Unidad constitucional y punto: unas solas Cortes, una sola Ley, un solo Gobierno. Hoy liberal, mañana conservador, quizás pasado mañana federal. Pero siempre español. Un mismo imperio, un Ejército, una escuela, una Iglesia, una Guardia Civil. ¿Fueros? Aldeanadas.

Cuando ya no hubo fusiles que defendieran la foralidad vasconavarra vino el momento de la reflexión. Muchos dejaron de mirar a Madrid: ya vale de blancos y negros nos dijo Campión. Había que hacer país, votar país. Ya bastaba de tribunos castellanos que nos vendían humo y se llevaban la leña. “Esta es nuestra patria”, dijo a su vez un controvertido vizcaíno que además miraba largo: “Y aquella es la patria de los tagalos, y aquella de los cubanos y aquella otra de los rifeños”. ¿Por qué seguir apostando por un imperio español, retrógado, opresor, militaruno, que imponía hasta los maestros en un país que siempre tuvo menos analfabetos que su opresor? Pero seguíamos siendo chiquitos. No teníamos la fuerza violenta y centrífuga que precisa el parto de las naciones. Ni armas estratégicas. Ni distancias ultramarinas. Y de nuevo caímos en los encantos de la metrópoli, en las carantoñas de nuestro antiguo violador. Además, la República nos traería la autonomía, el socialismo, la democracia. Entonces sí que podríamos ser españoles sin que nos diera asco. Y España, la verdadera, la eterna, nos llenó el campo de fosas.

Hace medio siglo, en pleno franquismo, los vascos se reinventaron. Mezclaron la tradición patriótica del país con la marea planetaria que desde 1917 paría revoluciones socialistas en todo el mundo. Matalas, Saseta y Guevara eran próceres del mismo sueño libertario. Y Argala su profeta. El lauburu se fundió con la estrella roja y la España oprimida tuvo en el independentismo vasco su principal aliado. Euskal Herria, martillo del fascismo: Burgos, Txiki y Otaegi, Carrero… Sin mirar a Madrid fuimos organizando un país, o la mayor parte del mismo. Había que lograr una mayoría sindical, una hegemonía soberanista, una estructura educativa, unos medios de comunicación propios, un movimiento popular autóctono… Cuanto más voto abertzale, menos fascismo, más libertad. Si en el siglo XIX la Vasconia foral había sido ejemplo para la España federal, el modelo vasco rupturista podía ser modelo para la España democrática. Y de hecho, hubo café autonómico hasta para quienes nunca lo soñaron.

Pero Euskal Herria seguía siendo chiquita y España una y grande. Y cuando parecía que este país dejaría de votar a Madrid, vino el felipismo sacando conejos de la chistera: OTAN no, autodeterminación, socialismo… Luego, les bastó convertir Andalucía en un pesebre para uncirnos de nuevo a su yugo electoral.

Treinta años después, habíamos conseguido que la izquierda y la derecha española fueran minoría en nuestro país. Un triunfo histórico, aunque desde Madrid continuaran tratándonos como una colonia: ¿tenéis autonomía fiscal? Pues os convertimos en el territorio con las menores inversiones del Estado. ¿Elaboráis leyes progresistas? Pues os vetamos hasta la del auzalán. ¿Los abertzales avanzan en Navarra? Pues os quitamos los cuatro canales de televisión vasca, para que sepáis quién manda aquí.

Y en este momento, cuando los catalanes nos iban enseñando la puerta de salida de un Estado en bancarrota, es cuando salen de nuevo los ilusionistas de la chistera a convencernos de que votando a Madrid podemos solucionar nuestros problemas. Y para doblegarnos ya no envían batallones (que ahí siguen, amenazantes), sino que entran en nuestros hogares, arrasando de manera obscena y tóxica, por poderosos canales de televisión en los que vascos y catalanes ni existimos. Calvo Sotelo hoy estaría feliz: antes una España morada o roja, que rota.

Por suerte, los nuevos felipistas parece que vienen con ciclos más cortos. Cada vez que abren la boca enseñan un poco más su patita española, su patria, su bandera. Y su izquierdismo de plató acabará en cuanto el dueño del local les apague las luces. Al tiempo.

Pero ahora Madrid es de nuevo la capital encantadora de Euskal Herria y no queda otro remedio que aguantar esta nueva bochornera carpetovetónica. Ya pasará, como pasaron, salva sea la comparanza, las huestes de Cisneros, el caballo de Espartero, el bigote de Franco, los cigarros de Carrillo y los tahúres del Señor X. Una etapa más antes de conseguir que nadie en Madrid, sea blanco, morado o rojo, decida sobre este país, tan chiquito cuan insumiso y libre.