Opinión / Iritzia

«Zazpiak bat» y Nabarra

escudodenavarra

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Angel Rekalde y Luis Mª Mtz. Garate. “Hay que tener raíces y hay que tener alas” (Ramon Vilalta. RCR).

La nación, aquí y ahora, es un proyecto del siglo XXI, en el que nosotros, gaurko euskaldunok, construimos nuestro futuro mediante un instrumento que nos permita navegar en el difícil océano de la globalización: nuestro propio Estado. Eso poco tiene que ver con la restauración de estructuras políticas de los siglos XI y XII. En esos y otros siglos, una sociedad concreta -antecesores nuestros- tuvieron el coraje y la inteligencia de construir la herramienta que correspondía al momento: el reino de Navarra. Pero no es ese nuestro referente, sino otro, a menudo mal comprendido: el sujeto colectivo. Adaptado en cada época histórica a las condiciones concretas de su tiempo, pero sujeto agente, político, y no paciente como ocurrió tras las conquistas y como sigue sucediendo, desgraciadamente, ahora

El sociólogo Odriozola Etxabe ha publicado en Noticias de Gipuzkoa (http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2017/02/27/opinion/tribuna-abierta/las-debilidades-del-pan-nabarrismo) un artículo en el que deplora el pan-nabarrismo (por llamarlo de algún modo), calificándolo de simplista, torpe, desatino, anacrónico, mantra, y de ser primo hermano del navarrismo upenista. No queda claro si el citado sociólogo es capaz de definirlo correctamente; pero como sabemos a qué se refiere, le respondemos.

Dice el sociólogo que la referencia al territorio de Navarra no nos sirve pues sus fronteras fueron móviles. “El empeño de imaginar Navarra como un continuum territorial a lo largo del tiempo se estrella ante la evidencia de las discontinuidades históricas”. Parece que su interpretación de la memoria y del mundo no va muy lejos. ¿Qué pueblo, qué nación no ha visto sus fronteras alteradas en el transcurso de los siglos, sobre todo cuando, como en nuestro caso, han sufrido duros procesos de conquista y asimilación? ¿Polonia, Alemania, Grecia, Irlanda…? No es el territorio -a pesar de su importancia-, ni el rey, ni las fronteras, lo que da significado a la memoria, sino el colectivo; el sujeto político. Se trata, sobre todo, de un continuum político, humano. El continuum de un pueblo que se reconoce ante otros y construye una estructura política para ser independiente; para defenderse; para dotarse de una convivencia a tono con su cultura, su lengua, con sus intereses y sus designios. Es un sujeto en la historia, sujeto histórico y político.

Como estos razonamientos no parecen encajar en los esquemas del sociólogo (que no sabe qué es memoria histórica y qué proyecto de nación), intentaremos ilustrarle en las debilidades de su teorización, que no es de la época de Campión sino de la de Sabino Arana. Nos viene a contar que las fronteras del Zazpiak Bat son el futuro (“lo sensato” en una argumentación propia de Barrio Sésamo; tú torpe, anacrónico; yo listo, sensato). Es posible que se olvide de los inconvenientes de Trebiño, Truziotz, de Eskiula como espacios desencajados. Peor aún, los siete magníficos territorios atraviesan una frontera internacional, con el tajo convivencial y de grietas en los cimientos que eso supone; además de divisiones administrativas por autonomías, provincias, mancomunidades y otras fórmulas aún más difusas. Desvertebramiento interesado, del poder dominante, que el sociólogo hace bueno (y suyo). Si eso es un proyecto nacional de futuro, que baje Blas y lo vea; porque Epi ya se ha perdido.

Para información del sociólogo Odriozola Etxabe, añadamos que Zazpiak Bat es un derivado de historiadores hispanos (Garibay fundamentalmente), que pasó por un Hirurak Bat y un Laurak Bat antes del definitivo Zazpi, según la etapa histórica. Una reducción marcada por el imaginario castellanizante impuesto.

El proyecto que toma a Navarra por referente no es del siglo XI; todos los proyectos nacionales actuales son del siglo XXI; otra cosa es que tome como referencia a un sujeto político que viene del pasado; para proyectarse al futuro. Desde luego, ese proyecto se basa en nuestra voluntad; pero hay que construirlo, edificarlo, alimentarlo con autoestima y conocimiento. Desde el olvido y el desprecio de lo propio, difícilmente se construirá nada consistente y que no sea subordinado.

En Barrio Sésamo tampoco aparecía el concepto de memoria histórica y, sin embargo, es útil para conocer el presente, para rastrear en la historia, para dotarse de una conciencia crítica ante el constructo del poder, para saber cómo se ha erigido la realidad, sobre la injusticia y la dominación. Aporta cohesión social y sentido de pertenencia. Sirve, de paso, para reforzar el sujeto colectivo (otro concepto impropio de Barrio Sésamo) que nos permitirá afrontar con posibilidades de éxito, individuales y colectivas, el reto de la globalización. Y la violencia del dominio impuesto.


 

Atxorrotz, nuestras termópilas

anjel_rekalde
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Ángel Rekalde, El castillo de Atxorrotx, en Eskoriatza, valle de Lenitz, recupera su relato. Su leyenda. Su naturaleza de lugar de memoria. Nabarralde ha editado un documental histórico que narra las circunstancias de esta antigua fortificación vascona, erigida en un lugar estratégico. En efecto, construido en una peña, junto al puerto de Arlaban que comunica la Llanada Alavesa con la costa y los valles gipuzkoanos, este castillo roquero, auténtico nido de águilas, vigilaba el antiguo camino medieval, controlaba la comarca y ejercía de punto neurálgico en la organización territorial del reino navarro.

Una de las facultades de la memoria histórica es que nos permite echar una mirada a los orígenes de la realidad actual, por detrás de la fachada con que la conocemos hoy, y entender cómo se ha gestado. Ello nos da una perspectiva que, de otro modo, cuando el poder intenta enmascarar los procesos de dominación y sometimiento, pasa desapercibida.

Atxorrotx fue importante en nuestro pasado por varias razones. De entrada, porque controlaba la ruta que atravesaba los montes, de la meseta peninsular hacia el mar y hacia Europa. Fue el camino principal durante milenios, y por este motivo se convirtió en el paso de las Termópilas de la montaña vasca. Distintas batallas lo atestiguan; la emboscada del guerrillero ‘Dos Pelos’ al ejército francés, con las fuerzas del ‘corso terrestre’, de Espoz y Mina, durante la francesada; el intento de los generales liberales Córdoba y Espartero de derrotar a los carlistas de Egia, durante las Carlistadas; la cercana batalla de Albertia, entre el Eusko Gudarostea y las fuerzas de Mola, en el 36. Si conociéramos nuestra historia, como los griegos la suya, Atxorrotx tendría su epopeya.

Pero el castillo de Atxorrotx es importante como lugar de memoria por razones de mayor transcendencia. Gipuzkoa no existía antes de la conquista del año 1200. Castilla atacó a Navarra y le arrebató su territorio occidental: la parte marítima y la Llanada. Esta ocupación es el origen de la fractura básica entre la tierra vasca (en lo sucesivo ya no navarra) y la navarra (tal como hoy se entiende; aunque siguiera siendo vasca). Lo que hoy, en versión navarrera, se describe como distinción entre vascos y navarros.

En esa invasión Atxorrotx fue uno de los objetivos militares, y han aparecido suficientes vestigios arqueológicos que lo corroboran (una capa de carbones del incendio; se han recogido en la excavación más de trescientas puntas de flecha y ballesta…). Pero el castillo era más que un simple enclave del sistema defensivo. También era el núcleo de la tenencia administrativa. En la política de acoso a Navarra, Castilla reorganizó el país y reunió tres de estas tenencias, Ipuzkoa, San Sebastián de Hernani y esta de Aizorrotz, para construir una cabeza de puente desde la que atacar el territorio independiente. Así se formó Gipuzkoa, como estrategia contra Navarra. Este escenario es uno de los lugares que nos sirve de recuerdo, de memoria, sobre cómo se ha perpetrado nuestra historia.

Como explica el documental, “La historia se aleja, queda atrás. Pero 800 años después el camino hacia la costa, hoy autopista, recorre la misma geografía”. Alrededor, las poblaciones que surgieron bajo la sombra de Atxorrotx acogen una actividad diaria, una sociedad viva, forjada en el trabajo y la cultura vasca. La energía de sus gentes ha levantado industrias, cooperativas. En la universidad la juventud bulle, se prepara. La lengua vasca, como decía Campión, es una reliquia venerable del pasado, pero también un instrumento de futuro. La memoria crea sociedad, dicen los expertos. La presencia de Atxorrotx, que recuerda de dónde venimos, también nos lo asegura.
 
*Miembro de Nabarralde