Opinión / Iritzia

Donibane Garazi. La llave del reino. 1521. Agosto 26

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Las fuerzas de Castilla y sus mercenarios, conjuntadas con las de los beamonteses nabarros, enardecidos por el triunfo de Noáin, junio de 1521, encabezadas por Luis de Beaumont, condestable de Navarra y conde de Lerín y lugarteniente del virrey castellano y capitán general, todo eso era junto y a la vez, marcharon por el camino de Santiago francés, para arrasar a cañonazos el castillo de Donibane Garazi, la llave del reino así nombrada por los nabarros y a la que le dio Fuero Felipe III de Nabar en 1328.

La ciudad, situada a la ribera del río Orrobi, fortificada y comercial, ya había sido reducida un septiembre de 1512 y, en ese año de desgracia de 1521 en que se perdía la independencia de un reino, la artillería castellana la bombardeó durante 21 días. Y la derrotó.

Fue tal como en la batalla de las Termópilas: 300 nabarros en la defensa de Mendiguren, enfrentados 1.000 hombres que defendían la causa del flamante Carlos I de España, nieto de Fernando de Aragón. La plaza cayó finalmente por el asalto de la caballería de Diego de Vera, cuyos hombres violaron mujeres, asesinaron niños y ancianos, en el afán de que no quedara nadie para rememorar los sucesos, anulados por siempre jamás. Los conquistadores arrestaron a Joanikot de Arberoa, su alcalde, junto a Juan Remíriz de Bakedano y Juan de Jaso, hijo del señor de Jaso.

Llevaron a Joanikot a Iruña, prisionero del capitán Villar. Tras un juicio de 24 horas y sin respetar lo convenido en la rendición, un juez, designado por el almirante de Castilla, determinó lisamente que siendo Joanikot y sus capitanes del ejército español lucharon por el bando francés –no mencionó el reino de Nabarra en su retorcido argumento–, y serían ajusticiados por traición. El capitán Martín de Ursua testimonió que el delito del capitán Joanikot fue defender la fortaleza, que daban como española en sueldo francés.

A Joanikot, que fue beaumontés pero cambió de bando al ver la crueldad de sus actos y la falsedad de su causa pues iba contra la naturaleza de Nabarra, se le asignó la muerte de los plebeyos, dictaminada por el juez felón, satisfecho de cumplir con su deber de dar gusto a sus amos. Ordenó, sin temblor en la voz, ese 26 de agosto de 1521, que el alcalde de Donibane Garazi, fuera atado a una reja de hierro y arrastrada por caballos, discurriendo por las calles de Iruña, mientras un pregonero a toque de tambor, detallara su traición: que siendo español jugó a ser francés. No se hablaba de Nabarra.

Las gentes lo pensaban así, pero aterradas por la fuerza desplegadas de las autoridades militares que gobernaban sus vidas desde 1512 a este 1521, tras diez años de rebeldía continuas, enmudecieron, pues el castigo era espantoso. A la vista estaba expuesto, en ese antes y después de los sucedidos entre dos reinos rivales y emergentes que se disputaban el terreno baskon fronterizo, con tanta codicia como perversión, para hacer del Pirineo, barrera.

Joanikot, sin perder el ánimo pese a la injuria física y moral, exhausto por el arrastre por el barro, accedió al cadalso, levantado a prisa en un jardín de Iruña, y malherido y ensangrentado, tuvo el arresto de levantar su cabeza y defender con su última voz en el último instante de su vida, en el anticipo de su muerte, en su entrada a la eternidad, que no era traidor pues su juramento de lealtad como soldado nabarro fue al rey Enrique de Nabarra, su señor natural. No fue mucho lo que dijo, fue más lo que calló.

El verdugo, impaciente por cumplir su aborrecible cometido, apretó con sus manos feroces la cuerda que sujetaba el cuello de Joanikot, aplastando su garganta, machacando su tráquea con gesto certero y fuerza implacable. Nuestro héroe fue soportando la muerte por asfixia estremecido por los estertores terribles que convulsionaron su cuerpo hasta el final. Cuando quedó rígido, con la boca abierta como queriendo emitir un grito de protesta, tieso el cuerpo que fue vida y movimiento, lo bajaron del cadalso y empezó la operación del desguace de miembro por miembro, realizado por un carnicero experto, para exhibir esos despojos en las puertas de la ciudad.

Aquello era un charco inmundo de sangre, carne, vísceras, heces y orina, de naturaleza humana ultrajada en su dignidad. El verdugo separó la cabeza que en vida fue hermosa de Joanikot, para exponerla en una picota, en el centro de la ciudad, escarmiento de cualquier espíritu díscolo que pudiera haber desde ese día y para siempre en Nabarra. Se conminaba desde el bando vencedor y cristiano, al pueblo rendido y hereje según Bula papal, al silencio, a la sumisión, a la rendición absoluta por los siglos de los siglos venideros. Por siempre jamás.

Eso quisieron los vencedores de aquella contienda, como la de todas las contiendas humanas. Pero la memoria histórica prevalece sobre la falsaria exposición de los hechos y hoy recordamos a Joanicot como héroe de Nabarra. Porque pese al sacrificio vital que supuso su condena, prevalece en el devenir de la Historia la razón de la verdad y de la justicia, el estoque que rompe el nudo gordiano que quiso retorcer los sucedidos de Nabarra. Seguimos en la reclamación porque la causa es justa.

Arantzazu Amezaga


Irulegi, ayer y hoy

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Era un día milagroso de este verano ardiente: no hacía ni frío ni calor y el cielo lucía esplendorosamente azul. Una brisa fresca circulaba por el alto del monte Irulegi o peña de Lakidain, a casi 900 metros de altura, en el valle de Aranguren. Por invitación de Juantxo Agirre, Sociedad de Ciencias Aranzadi, admiré sobrecogida, desde la torre de Homenaje del castillo roquero, la bella geografía de Nabarra. A nuestros pies, entre otros, los hermosos valles de Egüés y Aranguren con sus pueblos diseminados, la fértil cuenca de Iruña y su crecida capital. Mas lejos, los altos Pirineos. Se atisbaba Aralar, la montaña sagrada y central del país de los baskones.

Permanecíamos sobre las torres rescatadas a la tierra y al olvido, a tempestades y vientos, de un castillo oteador del reino de Nabarra. Desde esa atalaya admirable, nuestros antepasados atisbaron peligros, previeron conquistas derivadas del sur y del norte, del levante y poniente, aunque no sirvió para desviar la última. Fue demolido en 1491 debido a las guerras civiles entre agramonteses y beaumonteses, que facilitaron al pujante reino de Castilla su invasión y conquista del debilitado reino de Nabarra.

Pensé en los 2.500 amaneceres y atardeceres que allí, donde permanecía como turista extasiada, fueron atisbados, y bajamos de las torres de vigía, abandonamos el patio de armas y recorrimos el sendero rocoso que lleva monte abajo aunque en su ladera, a la excavación emprendida por Aranzadi con un grupo de jóvenes estudiantes de Historia, trabajadores voluntarios, de las Universidades del País Vasco y la Pública de Navarra. Recortan sus vacaciones veraniegas para ampliar y favorecer la cultura, junto a sus maestros arqueólogos e historiadores, trabajando en conjunción admirable. Ante mis ojos asombrados vi cómo rescataban, balde a balde de tierra removida, los basamentos de un poblado baskon de la Edad de Hierro, hundido durante 2.000 años bajo la muralla romana que se izó sobre ellos.

Irulegi renació ante nosotros por las palabras precisas del director de la excavación, Mattias Aiestaran. Recobró voz y forma una comunidad tenaz, habitante de un pasadizo vital entre el continente europeo y la Península ibérica, cara al mar del Poniente y de espalda a la muralla pirenaica, que soportó el paso de Roma y de los demás pueblos invasores que se van sucediendo en el quehacer de Europa, milagrosamente vivo hasta hoy en el mantenimiento de costumbres, lengua y leyes.

Cuentan arqueólogos e historiadores, voceros de semejante resurrección, que han encontrado una pequeña fosa con los restos de un bebé, en lo que suponen fue cogollo de una vivienda de hace 2.500 años. La criatura no nata no sufrió la cremación que tocaba por costumbre, sino el enterramiento en la zona familiar diseñada alrededor del fuego. Careció de la oportunidad de vivir y procrearse, es decir, de eternizarse, pero viviría para siempre entre los suyos.

Revivió ante mí la criatura, sacudida del polvo del tiempo y del silencio al que ha estado sometida durante los avatares de su pueblo. De no haber muerto, en el poblado de Irulegi hubiera crecido cargando agua del arroyo cercano, arreado ovejas que significaban carne, leche, queso y lana, suplantando, si era varón, a su padre en el cuidado de la fortaleza comunal. Si era hembra ocupando los afanes domésticos no menos importantes: mantenimiento del fuego, cultivo de la huerta, manejo de los alimentos y, sobre todo, del cuidado de la nueva generación. Es probable, se han conservado los nombres baskones que hablaran un euskera primitivo semejante al de nuestros días.

La criatura de Irulegi, cual potente fantasma, pareció planear sobre nuestras cabezas, como si fuera un arrano beltza o un milano real, revolando sobre la calle excavada, sobre los restos de viviendas chamuscadas, pues hubo una lucha civil entre las dos facciones romanas en la que participaron los baskones, sobre la calzada de la muralla romana y la indiferencia de los siglos que siguieron hasta nuestros días en que queremos recuperar la historia arrebatada, que no hemos olvidado y que queremos recuperar.

Mi criatura no nata de Irulegi, convertida en ave en mi imaginación apurada ante la visión circundante, no pudo ser consciente de la grandeza y fertilidad del lugar primordial en que fue concebida, ni de su importancia estratégica, ni de la peligrosidad de las invasión de otros pueblos por esas mismas circunstancias. No pudo balbucear una palabra, ni ensaya una sonrisa, ni tan siquiera pronunciar un llanto. Conformó, a lo mas, una mínima parte de la vida de su madre, pero no fue protagonista de la misma. Permaneció oculta bajo tierra, hundiéndose en ella en el devenir de la historia agitada de su poblado, emergiendo a la luz de nuestros siglo para dar testimonio no tan solo de su existencia, sino la de los suyos.

Junto a los restos de la criatura no nata –dejó de volar y fue otras vez cenizas–, se han encontrado monedas que indican un tráfico comercial intenso con la zona mediterránea, puntas de hacha y herramientas guerreras, residuos de cerámica que contuvieron agua y conservaron alimentos. No hay rastro del lienzo húmedo por las lágrimas de la madre que entregaba a la tierra madre su criatura de carne y sangre que gestaron sus entrañas y en ellas murió. Sepultada en el hogar primordial, revive 2.500 años después para darnos una lección de vida pues Irulegi es en sí mismo símbolo de la peligrosidad de las luchas intestinas o guerras civiles, de los desgarros que procuran y de la derrota que suponen.

Arantzazu Ametzaga