Opinión / Iritzia

Del Burgo, el gran trilero

Joxe Mari Esparza

Joxe Mari Esparza


Jose Mari Esparza. Después del vapuleo que le dio Floren Aoiz en el libro Tres tristres trileros yo abrigaba el temor de que Jaime Ignacio Del Burgo se iría apagando a la par de su cirio vital y dejaría de sorprendernos. Craso error de mi parte. Del Burgo es de los que mueren matando y he ahí su último libro que ha presentado con la impresentable Ana Beltrán y cuyo resumen circula por la red en 13 páginas insuperables.

Viene a ser su testamento político, con sus conocidas tesis sobre la Navarra españolísima fagocitada por los vascos, discurso mendaz que ya ha sido largamente contestado y que no merecería más atención si no fuera porque Del Burgo se supera de tal modo que uno no puede evitar volver a reconocer su contumacia. Definitivamente, es el as del trile, ese arte medieval de embaucar y estafar escondiendo una bolita entre dedos y cubiletes, que debió traer traer por aquí algún Del Burgo entre la tropa del Duque de Alba

Lo de ocultar le viene de casta: ya hemos contado muchas veces cómo su familia ha mantenido siempre que en Navarra hubo 678 fusilados y lo sostuvieron en publicaciones mucho después de haber aparecido el libro Navarra 1936. De la esperanza al terror con las fichas de más de 3.000 fusilados. Él nunca ha rectificado. Más tarde le han pillado en manipulaciones de documentos, para intentar demostrar la españolidad de Navarra desde el Pleistoceno, y todavía anda el hombre insistiendo en que fue ETA la autora del atentado de la estación de Atocha. Le descubrieron la bolita en todos los casos, pero él siguió entrenando. Un profesional.

Ahora dice no saber qué hubo por estos lares en la prehistoria o en los primeros siglos de la antigüedad pero que “desde luego no se han encontrado restos arqueológicos de los vascones”. Así, el trilero no hace desaparecer una bolita sino Vasconia entera, documentada por romanos, francos, godos, árabes y toda la historiografía hasta nuestros días. ¿Estás en lo que celebras Jaime Ignacio? ¡Todo Navarra está lleno de restos vascones señor mío! ¡Hasta se habla todavía su lengua! ¿O es que esperabas que en las excavaciones aparecieran los esqueletos de nuestros antepasados con lauburus y txapelas? ¿O crees que a los vascones no les gustaban las sigilatas romanas o las armas visigodas? Si vives mil años y encuentras mis despojos agarrado al Macintosh con el que ahora escribo, ¿deducirás que fui un norteamericano? Un poco de nivel, Jaime Ignacio.

Así, una vez desaparecidos los vascones surgen nuevos galimatías: desde la fundación del Reino de Navarra los navarros eran navarros y nada tenían que ver con los vascos, dice nuestro hombre. Todos los cronistas, desde Eginardo, lo contradicen y esa “navarra primordial o nuclear”, afirma Lacarra, se formó por gente de raza y de lengua vasca. El mismo Fuero General emplea “bascongado” y “navarro” como sinónimos de euskaldun, y los archivos rebosan de documentos que llaman bascongados a paisanos en una línea diacrónica cada vez más al sur de Olite. Pero el trilero va a su bola, sin mirar lo que escriben los demás.

“La huella del vascuence como forjador de la identidad navarra es inapreciable” nos dice un Del Burgo venido arriba, y uno se pregunta si no habrá visto, siguiera de canto, los 59 volúmenes de la “Toponimia y Cartografía de Navarra”, dirigidos por Jimeno Jurío y editados por el propio Gobierno de Navarra. En 1956 el falangista Iribarren Paternain, Premio Nacional de Literatura, escribía que “Navarra, como núcleo étnico, integra una de las siete tribus euskaras” y que de sus 864 pueblos, 731 tienen y conservan nombres vascos, 102 poseen denominaciones bilingües (una, la primitiva, en euskera, y la otra, de uso corriente, romance) y solo 31 son de dudosa filiación. Inapreciable, dice Jaime Ignacio.

Puesto a hacer desaparecer cuanto le contradice, el gran trilero oculta que mucho antes de Sabino Arana existía una conciencia generalizada de pertenencia a un pueblo común, sustentada muchas veces por la propia Diputación navarra. Que ya en 1672 esta salió en defensa de “sus hijos y naturales, y los de las nobilísimas Señorío de Vizcaya y provincias de Guipúzcoa y Álava”. Que durante todo el siglo XVIII se dio una “confederación tácita de los vascos” que alude el viajero Baretti y admiten historiadores nada sospechosos como Caro Baroja o Rodríguez Garraza. Que es de nuevo la diputación navarra la que en 1866 propone a las otras tres formar el Laurak Bat. Que todo Navarra se llenó de asociaciones, periódicos, bancos y partidos políticos con la denominación “vasconavarra”. Que para cuando nació el PNV no había nadie –y digo nadie- que negase que Navarra formaba parte de un tronco común vascón y que no ensalzase la unidad vasconavarra. Por eso cuando se celebraron las primeras Asambleas de ayuntamientos para dirimir si los navarros preferían un Estatuto Navarro o Vasconavarro fueron tres las ocasiones que votaron a favor del segundo con los votos de republicanos, socialistas y carlistas, con mayorías abrumadoras de hasta casi el 90% de los votos. Esto el trilero lo oculta, para hacer solo hincapié en las divisiones que se dieron cuando ya la derecha navarra –de eso sabe mucho su padre- había decidido cargarse la República.

Luego, ya es sabido, vino el terror abertzale que solo de las tres provincias hizo huir a 200.000 personas y escamotea –siempre el trile- los datos de Navarra para que no nos pongamos a extrapolar las cifras totales que manejan al número de habitantes o de votos abertzales de cada localidad, y tener que explicar dónde están los 1.000 escapados que corresponden a Tafalla, los 1.500 de Burlada, los 20.000 de Iruñea o los 300 de Leitza. Debajo del cubilete de Del Burgo, sin duda.

Pero hay un último trile que es clave. Sostiene Del Burgo que en 1977 Navarra decidió crear su propia autonomía, cuando bien sabe que siempre se le negó toda posibilidad de refrendarlo en las urnas y a eso se ha dedicado toda su vida nuestro trilero: a imposibilitar que Navarra pueda tomar sus propias decisiones democráticas. Con la bola de que vienen los vascos se disimula cómo Madrid viola nuestra legislación y quebranta las decisiones de nuestro Parlamento cuándo y como quiere, gracias a la inestimable ayuda de sus judas y mamporreros locales. Sin vergüenza, nuestro gran trilero sigue siendo un mero mercenario castellano, peón de cualquiera que venga a consolidar la conquista. Con los años va perdiendo reflejos y ya resulta patético verle manejar los cubiletes, pero siempre encontrará alguien que se deje embaucar.

OPINION / IRITZIA: El tumor ‘los Caídos’ metastiza Navarra

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Tomás Urzainqui Mina. El cuerpo social navarro funcionó lo suficientemente sano, por unido, como para que ejerciera con éxito su derecho de defensa en la Gamazada de 1893-1894, hasta que, sin embargo, tres y cuatro décadas después, no lo pudiera conseguir debido a las dos operaciones sucesivas de violencia que padeció la sociedad de la Alta Navarra a manos de los militares españoles, una en 1926-1927, para imponerle manu militariel Convenio, que apretaba todavía más las argollas de su unilateral Ley desmanteladora de 1841, y después -con la participación imprescindible de los absolutistas, carlistas y falangistas- el genocidio civil desatado de 1936, donde se eliminó a 3.500 civiles, asesinados, y se aterrorizó de continuo al conjunto de la sociedad navarra, queriendo dividirla para siempre en vencedores y vencidos.

De tal manera que aquí consiguieron privar a la sociedad hasta hoy en día de la capacidad de mantener la necesaria unidad de la ciudadanía navarra en la defensa de sus libertades, y derechos civiles y políticos, a pesar de que así lo proclama como principio libertador navarro el monumento a los Fueros, levantado desde el año 1903 en Iruña, por suscripción popular y todavía no inaugurado.

La operación tumoral, planificada y ejecutada por los genocidas encumbrados en la Diputación, saqueando las arcas públicas mientras la población padecía graves deficiencias de todo orden, busca entronizar perpetuamente la fractura social entre los vencedores y los vencidos, negando hasta la realidad de la mera existencia de estos últimos, consistió en crear, dominando a la ciudad para que tuviera la máxima proyección y permanencia, el edificio cancerígeno que llamaron Los Caídos de Navarra en la Santa Cruzada por Dios y por España, que pretende justificar la eliminación de la odiada por ellos Navarra libre, la que no les es adepta, y una vez adulterada consagrársela a perpetuidad a la mayor gloria de la criminal banda vencedora. De esta manera, a través de la continua metástasis social inducida desde el tumor de los Caídos, consiguen neutralizar cualquier impulso navarro de unidad, igualdad y libertad, que ya se había logrado cuajar en ciertos momentos como la Gamazada, para poder defender los derechos y libertades individuales y colectivas de todas y todos. La secreta y verdadera motivación que ahora tienen los escasos sustentadores de los Caídos para mantener erguida sobre los hogares ciudadanos la torpe sublimación de esa apología de los asesinos y de sus asesinatos, vencedores en el genocidio civil, es azuzar la polarización, la división de la sociedad navarra, de tal manera que sólo domine la parte que controlan ellos, los herederos de los vencedores, mientras que la real, de la que forman parte los vencidos, no la dejan existir, siendo negada y ocultada.

El amenazante absolutismo encuentra ahora en este icono negacionista un apoyo eficaz para dividir a la sociedad navarra, al objeto de que no pueda reaccionar exitosamente frente a los abusos a que es sometida, configurando un escenario socialmente incompatible con la normalidad. Hoy la dicotomía en Navarra no es sólo entre democracia y su negación, sino sobre todo la de la defensa de la libertad frente a la sumisión impuesta, la dominación de los conquistadores y la subordinación de los conquistados, que perpetúa la suplantación institucional de Navarra, donde se impide el ejercicio entre otros de los tribunales de justicia propios navarros, lo que origina reiteradas situaciones como la de los jóvenes de Alsasua, encarcelados sin juicio bajo la falsa acusación de “terrorismo”, inexistente según los jueces navarros.

Resulta un lacerante sarcasmo que los que hace poco fueron responsables de la protección del patrimonio navarro cuando éste sufrió gravísimos e irreparables daños, realizándolos a pesar del clamor ciudadano que exigía su salvación, ahora para defender lo indefendible aleguen un inexistente valor histórico, patrimonial o cultural del tumoral inmueble. Son los mismos que cuando estaba en sus manos negaron valor a monumentos que sí lo tenían, como el Palacio Real de Pamplona, el desmontado y sustracción con su beneplácito del adoquinado del casco histórico, la demolición de las termas romanas de la plaza del Castillo, así como permitiendo el saqueo, expolio y la enajenación clandestina de los hallazgos en cualquier sitio, monumentos y yacimientos arqueológicos, sin el debido estudio de todos sus elementos, o el vaciado sin investigación del subsuelo de la Catedral y de otros elementos patrimoniales con excavadoras y camiones.

Los Derechos Humanos universales fueron pisoteados con saña por las potencias fascistas, derrotadas menos aquí en la última guerra mundial en todos los lugares, por lo que los tumores de aquellos horrores ya han sido extirpados en todas las ciudades del mundo, precisamente para evitar su reproducción, debiendo por el contrario mostrarse a la ciudadanía, y sobre todo a las nuevas generaciones, la verdad de la extensísima memoria de la negación de la libertad, que es imprescindible conocer sobre todo en las sociedades sometidas y conquistadas, en cambio aquí todavía tenemos la acusadora excepción global la de los Caídosen Pamplona-Iruña, o también el Museo Público absolutista-carlista en Estella, queriendo con ello sacralizar dos siglos de agresiones absolutistas a los pueblos del mundo y al navarro en particular. Qué mayor barbara incongruencia que mantener, sobre la martirizada capital histórica de Vasconia y de Navarra entera, ese instrumento monstruoso de apología de la violencia liberticida y de la guerra genocida, a la vez que se elevan el cívico y patriótico monumento a la unión en la defensa de las libertades del paseo de Sarasate, las plazas dedicadas a la paz o a la libertad, o el monumento a la independencia de Navarra en Amaiur. Se puede llegar a entender que se esté en un proceso de purificación, pero si se mantiene el tumor cancerígeno de los Caídoses como si no se hiciera nada. No vaya a suceder que nuestra ciudad sea capital mundial de la fiesta, y a la vez la única que mantiene en su seno el altar a la gloria de los crímenes del fascismo.

Este brutal tumor, incrustado en el cuerpo social navarro, erigido buscando la permanente metástasis de aquel para perpetuar la antihumana orgía desencadenada, liberticida y genocida, logrando así subrepticiamente imponer y alimentar la continua fractura, desigualdad, negación, olvido, sometimiento y polarización, por lo que no hay otra salida que la de terminar con esta situación, eliminándolo, demoliéndolo, desmontándolo y quitándolo, sin posibilidad de cualquier resignificación ni reutilización del mismo, para que cuanto antes puedan volver a ser respetadas la igualdad, unidad, libertad, dignidad, pluralidad, legalidad y memoria de la sociedad navarra.