Opinión / Iritzia

El perdón de ETA y el de Rajoy

victor_moreno

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Víctor Moreno. No puedo sacudirme de encima la estupefacción y el aburrimiento abisal que me han producido las declaraciones del presidente del Gobierno y las de políticos afines, además de intelectuales y editoriales de periódicos, cuando, tras la declaración de que ETA anunciaba su liquidación definitiva, han manifestado que “no había nada que celebrar”.

¿Cómo es posible decir eso cuando la sociedad española si algo deseaba de verdad era la desaparición de ETA desde in illo tempore?

¿No era este el fin al que por activa y por pasiva suspiraba la sociedad? La clase política institucional se ha pasado media vida exigiendo que la defensa de la independencia de Euskadi se hiciera en el Parlamento y en las instituciones democráticas, y no mediante la extorsión, el secuestro, el asesinato y la goma-2. Resulta que, ahora, una vez conseguido tal reinserción, no es motivo de celebración. Asombroso.

¿Qué es lo que el Estado de Derecho encuentra en la desaparición de ETA que no le hace gracia? ¿Por qué la anhelada desaparición de ETA no se ha convertido en una noticia celebrada unánimemente por las fuerzas políticas y sociales del Estado?

Cuesta mucho entender esta retórica un tanto sospechosa, desde el momento en que todos repiten el mismo guion. Una consigna que parece haber sido dictada en un master impartido por el ministerio del interior. Se quiera o no se quiera reconocer, lo cierto es que habría que hablar de una noticia histórica,–esta vez sí, porque es la primera vez que ocurre–, pero, dado que, al parecer, existen causas o explicaciones que se escapan a nuestro análisis, lo dejaré simplemente en noticia.

El genio humano es complicado y retorcido de ganas. ETA nos molestaba de mala manera cuando existía y actuaba; luego, cuando existía pero no actuaba; y, ahora, cuando ha decidido hacerse el harakiri definitivo no es motivo de celebración.

No lo puedo remediar. Sospecho que existe algo extraño en este comportamiento tan clónicamente aplaudido -casi teledirigido- y que no encaja con una explicación racional a secas, y, por el contrario, sí arroja la presencia de adherencias un tanto turbias, no sé si dignas de estudio psiquiátrico, asesorado, eso sí, por algún politólogo.

Según ha trascendido a los periódicos, una de las razones de esta desidia institucional se debe a que en el comunicado de ETA no se ha pedido perdón a todas las víctimas, resultado de sus acciones terroristas y al hecho perturbador de que aún existen unas 358 víctimas -esto sí que es exactitud numérica-, y cuyos tristes casos y desgraciados, lamentablemente están aún por esclarecer. El perdón ofrecido por ETA ha terminado de calificarse como “un perdón parcial”.

Comprensibles explicaciones, pero no satisfactorias.

A fin de cuentas, el acto fundamental de esa performance no es que ETA pidiera perdón o no. De hecho, ETA, o quien sea, puede pedirlo a la humanidad entera, a las víctimas afectadas por sus acciones terroristas, y, a continuación, las familias de estas víctimas mandar a la mierda dicho perdón.

Al fin y al cabo, nadie tiene por qué aceptarlo. Menos aún si proviene de alguien que ha asesinado impunemente a tu padre o tu hijo. Nadie está obligado a perdonar a un criminal. Si lo hace, pues formidable. Si no lo hace, motivos tendrá. Que ETA pida o no pida perdón, parcial o urbi et orbi, es parte de la retórica a la que nos tiene acostumbrado cierto sentimentalismo vacuo que esconde más basura que auténticas emociones sinceras, siempre controladas por el cerebro.

A Rajoy y al arco político de la derecha que representa su partido, les importa un pepino que ETA haya pedido perdón por activa, por pasiva o por aoristo griego y que sigan sin aclararse el destino y paradero de 358 víctimas de ETA.

¿Desde cuándo a la derecha política de este país, heredera en su mayor parte del franquismo y del sector que ganó la guerra, gracias a la cual ocuparon los puestos claves de las instituciones públicas y gubernamentales de este país, le han importado las víctimas vengan de donde vengan?

Tiene bemoles que una organización, calificada siempre como criminal, pida perdón aunque sea parcial a las víctimas y el Estado de Derecho, que presume de ser más ético que un a priori kantiano, lleve ochenta años sin pedir perdón de ningún tipo a las víctimas del 36, miles de ellas todavía en paradero desconocido. ¿Acaso esas víctimas no forman parte de la memoria de ese Estado de Derecho y de la defensa de la democracia genuina, basada en la soberanía popular y en un Parlamente elegido en unas elecciones libres y directas por la ciudadanía y no derivado de un golpe de estado?

Estoy convencido de que muchas familias descendientes de asesinados en 1936 se darían con un canto en las narices si el Gobierno actual en nombre de la Democracia y de su defensa les hiciera un homenaje con carácter retroactivo o diferido a los españoles que sufrieron el mismo destino trágico, tiro de gracia en la nuca y la tumba somera de una cuneta.

Y mucho más motivo de celebración lo sería si el Gobierno actual ayudara a los movimientos sociales que llevan años luchando en soledad por la recuperación de miles de cuerpos de familiares sin recibir ayuda alguna por parte de dicho gobierno. ¿Ayuda, digo?

Al contrario, el gobierno actual del PP ni la ha prestado, sino que, una y otra vez, ha obstaculizado conscientemente el desarrollo y aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, llegando hasta mofarse de sus protagonistas, como lo hiciera el portavoz del PP en el Congreso, R. Hernando, mostrando sin tapujos cuál es su actitud ante ciertas víctimas.

Resulta triste constatarlo, pero Rajoy y sus ministros aún no saben lo que es pedir perdón a las víctimas del 36 en nombre del propio Estado, ni de quienes durante un tiempo se consideraron herederos legítimos ideológicos. Es que ni siquiera han sido capaces de llegar a pedir ese miserable perdón parcial que denuncian y desprecian en boca ajena.

Del Burgo, el gran trilero

Joxe Mari Esparza

Joxe Mari Esparza


Jose Mari Esparza. Después del vapuleo que le dio Floren Aoiz en el libro Tres tristres trileros yo abrigaba el temor de que Jaime Ignacio Del Burgo se iría apagando a la par de su cirio vital y dejaría de sorprendernos. Craso error de mi parte. Del Burgo es de los que mueren matando y he ahí su último libro que ha presentado con la impresentable Ana Beltrán y cuyo resumen circula por la red en 13 páginas insuperables.

Viene a ser su testamento político, con sus conocidas tesis sobre la Navarra españolísima fagocitada por los vascos, discurso mendaz que ya ha sido largamente contestado y que no merecería más atención si no fuera porque Del Burgo se supera de tal modo que uno no puede evitar volver a reconocer su contumacia. Definitivamente, es el as del trile, ese arte medieval de embaucar y estafar escondiendo una bolita entre dedos y cubiletes, que debió traer traer por aquí algún Del Burgo entre la tropa del Duque de Alba

Lo de ocultar le viene de casta: ya hemos contado muchas veces cómo su familia ha mantenido siempre que en Navarra hubo 678 fusilados y lo sostuvieron en publicaciones mucho después de haber aparecido el libro Navarra 1936. De la esperanza al terror con las fichas de más de 3.000 fusilados. Él nunca ha rectificado. Más tarde le han pillado en manipulaciones de documentos, para intentar demostrar la españolidad de Navarra desde el Pleistoceno, y todavía anda el hombre insistiendo en que fue ETA la autora del atentado de la estación de Atocha. Le descubrieron la bolita en todos los casos, pero él siguió entrenando. Un profesional.

Ahora dice no saber qué hubo por estos lares en la prehistoria o en los primeros siglos de la antigüedad pero que “desde luego no se han encontrado restos arqueológicos de los vascones”. Así, el trilero no hace desaparecer una bolita sino Vasconia entera, documentada por romanos, francos, godos, árabes y toda la historiografía hasta nuestros días. ¿Estás en lo que celebras Jaime Ignacio? ¡Todo Navarra está lleno de restos vascones señor mío! ¡Hasta se habla todavía su lengua! ¿O es que esperabas que en las excavaciones aparecieran los esqueletos de nuestros antepasados con lauburus y txapelas? ¿O crees que a los vascones no les gustaban las sigilatas romanas o las armas visigodas? Si vives mil años y encuentras mis despojos agarrado al Macintosh con el que ahora escribo, ¿deducirás que fui un norteamericano? Un poco de nivel, Jaime Ignacio.

Así, una vez desaparecidos los vascones surgen nuevos galimatías: desde la fundación del Reino de Navarra los navarros eran navarros y nada tenían que ver con los vascos, dice nuestro hombre. Todos los cronistas, desde Eginardo, lo contradicen y esa “navarra primordial o nuclear”, afirma Lacarra, se formó por gente de raza y de lengua vasca. El mismo Fuero General emplea “bascongado” y “navarro” como sinónimos de euskaldun, y los archivos rebosan de documentos que llaman bascongados a paisanos en una línea diacrónica cada vez más al sur de Olite. Pero el trilero va a su bola, sin mirar lo que escriben los demás.

“La huella del vascuence como forjador de la identidad navarra es inapreciable” nos dice un Del Burgo venido arriba, y uno se pregunta si no habrá visto, siguiera de canto, los 59 volúmenes de la “Toponimia y Cartografía de Navarra”, dirigidos por Jimeno Jurío y editados por el propio Gobierno de Navarra. En 1956 el falangista Iribarren Paternain, Premio Nacional de Literatura, escribía que “Navarra, como núcleo étnico, integra una de las siete tribus euskaras” y que de sus 864 pueblos, 731 tienen y conservan nombres vascos, 102 poseen denominaciones bilingües (una, la primitiva, en euskera, y la otra, de uso corriente, romance) y solo 31 son de dudosa filiación. Inapreciable, dice Jaime Ignacio.

Puesto a hacer desaparecer cuanto le contradice, el gran trilero oculta que mucho antes de Sabino Arana existía una conciencia generalizada de pertenencia a un pueblo común, sustentada muchas veces por la propia Diputación navarra. Que ya en 1672 esta salió en defensa de “sus hijos y naturales, y los de las nobilísimas Señorío de Vizcaya y provincias de Guipúzcoa y Álava”. Que durante todo el siglo XVIII se dio una “confederación tácita de los vascos” que alude el viajero Baretti y admiten historiadores nada sospechosos como Caro Baroja o Rodríguez Garraza. Que es de nuevo la diputación navarra la que en 1866 propone a las otras tres formar el Laurak Bat. Que todo Navarra se llenó de asociaciones, periódicos, bancos y partidos políticos con la denominación “vasconavarra”. Que para cuando nació el PNV no había nadie –y digo nadie- que negase que Navarra formaba parte de un tronco común vascón y que no ensalzase la unidad vasconavarra. Por eso cuando se celebraron las primeras Asambleas de ayuntamientos para dirimir si los navarros preferían un Estatuto Navarro o Vasconavarro fueron tres las ocasiones que votaron a favor del segundo con los votos de republicanos, socialistas y carlistas, con mayorías abrumadoras de hasta casi el 90% de los votos. Esto el trilero lo oculta, para hacer solo hincapié en las divisiones que se dieron cuando ya la derecha navarra –de eso sabe mucho su padre- había decidido cargarse la República.

Luego, ya es sabido, vino el terror abertzale que solo de las tres provincias hizo huir a 200.000 personas y escamotea –siempre el trile- los datos de Navarra para que no nos pongamos a extrapolar las cifras totales que manejan al número de habitantes o de votos abertzales de cada localidad, y tener que explicar dónde están los 1.000 escapados que corresponden a Tafalla, los 1.500 de Burlada, los 20.000 de Iruñea o los 300 de Leitza. Debajo del cubilete de Del Burgo, sin duda.

Pero hay un último trile que es clave. Sostiene Del Burgo que en 1977 Navarra decidió crear su propia autonomía, cuando bien sabe que siempre se le negó toda posibilidad de refrendarlo en las urnas y a eso se ha dedicado toda su vida nuestro trilero: a imposibilitar que Navarra pueda tomar sus propias decisiones democráticas. Con la bola de que vienen los vascos se disimula cómo Madrid viola nuestra legislación y quebranta las decisiones de nuestro Parlamento cuándo y como quiere, gracias a la inestimable ayuda de sus judas y mamporreros locales. Sin vergüenza, nuestro gran trilero sigue siendo un mero mercenario castellano, peón de cualquiera que venga a consolidar la conquista. Con los años va perdiendo reflejos y ya resulta patético verle manejar los cubiletes, pero siempre encontrará alguien que se deje embaucar.