Opinión / Iritzia

Aberri Eguna con virus

Jose Mari Esparza Zabalegi

Jose Mari Esparza Zabalegi


Este año, encerrados y abalconados, el Día de la Patria ha servido para recordar otros tipos de virus que padecemos: la desvertebración del país y la falta de una simbología común que nos represente, salvedad hecha de nuestro icono más importante, el euskera.

No faltan progres que “pasan” de banderas y símbolos, lo cual suele ser una buena forma de colaborar a que las cosas, y sus símbolos, sigan como están. Yo soy de los que siguen emocionándose cuando en la película Casablanca cantan La Marsellesa, y paso envidia cuando escucho Els Segadors a toda la ciudadanía catalana.

Tenemos un territorio en tres pedazos, dos banderas vascas, dos himnos autonómicos y otros tantos estatales. Y como parece que disfrutamos con estos desgarros familiares, nos permitimos el lujo de dejar a un lado un símbolo nacional que ha tenido una historia, una épica y una aceptación general como pocos en el mundo.

Cuando en 1853 Iparraguirre cantó por vez primera el Gernikako Arbola, tocó de tal modo la sensibilidad del país que de inmediato se convirtió en el himno político más popular que jamás tuvieron los vascos. Al instante fue denominado “Himno nacional de Euskal Herria”, se identificó con la recuperación de las libertades forales y la identidad vasca, y fundió con la misma pasión a tradicionalistas, liberales, republicanos e incipientes nacio

La arrogancia española contribuyó a dotarle la épica que precisa todo símbolo: a los dos años de cantarlo su autor fue desterrado, pero el himno quedó para siempre. Por cantarlo hubo muertos, heridos y presos en la Sanrocada; Navarra lo cantó hasta la extenuación en la Gamazada; fue colofón de todos los encuentros del renacimiento vasco, Fiestas Euskaras, Eusko Ikaskuntza, Asociación Euskara de Navarra; presidió el movimiento de reintegración foral del 18; recibió a la II República junto a La Marsellesa y La Internacional; lo cantaron los alcaldes en las Asambleas pro-estatuto vasconavarro; se hermanó con catalanes y gallegos en las jornadas de Galeuzka; se tradujo a numerosas lenguas; duerme en los archivos musicales de todo el país, desde el más renombrado al de la banda de gaiteros de cualquier aldea. Y será quizás el tema vasco con mayor abundancia de versiones.

El himno, su primer verso sobre todo, hizo que un símbolo territorial representara a todo Euskal Herria. Desde óperas hasta órganos parroquiales; desde recepciones reales a algaradas callejeras; desde juglares locales a gigantes de nuestra lírica, como Gayarre, Sarasate, Arrieta o Fagoaga; desde paloteados de la Ribera a pastorales suletinas; desde cancioneros populares a grandes referencias literarias: Ce?nac-Moncaut, Unamuno, Valle Inclán, Iturralde y Suit, Campión, Pérez Galdós, Roberto Arlt€ Para Carmelo Echegaray, “del himno nacional podrá discutirse el mérito literario o musical, pero algo tiene de grande cuando promueve las tempestades de entusiasmo que todos hemos presenciado”.

El PSOE lo incorporó a su iconografía: “ante todo y sobre todo, es un himno liberal”, presumió Indalecio Prieto. Y el PNV, pese a que Sabino tenía su propio proyecto, reconocía desde su periódico Euskalduna que era “un canto político, el más político de todos los conocidos. Es el canto de nuestra libertad€. himno nacional de Euskalerria que con tanto amor y respeto lo canta un lapurdino como un alavés”. O un navarro, podría haber añadido, porque es en Navarra, y más aún en la Ribera, donde está más documentado. ¡Ay, aquellos sanfermines de 1894, en los que, tras haberse prohibido, acabaron cantándolo todos los días en la plaza de toros! Lo contaba así la prensa madrileña: “El toro asoma el hocico / la plaza toca el zortziko / rueda el toro hecho una bola / y la plaza repite / El Gernikako Arbola”.

Para colmo, Gernika fue bombardeada y villa, árbol e himno se hicieron icono antifascista universal. Patética imagen de nuestro país, con los carlistas entrando en Gernika cantando el zortziko, pegándose tiros con los gudaris que también lo cantaban, entre ellos el batallón comunista Gernikako Arbola. Bombardearon Gernika porque era un símbolo, pero ¿qué fue lo que más contribuyó a divulgar ese simbolismo? Por eso, triste Aberri Eguna el de hace tres años, cuando nos reunimos en Gernika a celebrar el 80 aniversario del bombardeo y nos volvimos a casa sin cantar nada. Absurda memoria histórica, la nuestra.

El viaje épico de nuestro himno saltó al exilio. En Iparralde acompañó al himno francés en todas las celebraciones de la victoria frente al III Reich. Se cantaba en las escuelas cuando a este lado de la muga cantábamos el Cara al Sol. Fue el himno del nacimiento de Enbata. Y en su libro Vasconia, biblia de la primera ETA, Federico Krutwig lo consideró el “himno nacional vasco€ no en vano el que dos ideologías aparentemente tan opuestas como son el carlismo y el comunismo, entonen ambas con igual fervor este himno de la libertad”. Y todavía en 1979, en el primer partido que pudo jugar la selección de Euskadi contra Irlanda en el estadio San Mamés, fue prohibida su interpretación, lo que motivó que Carlos Garaikoetxea abandonara el palco presidencial.

El resto ya es sabido: los nuevos Estatutos trajeron nuevos himnos oficiales; otros nos agarramos al Eusko Gudariak y los de Iparralde se quedaron con la boca abierta. Cuarenta años más tarde, ni el Ereserkia ni el Himno de las Cortes de Navarra han salido de las estancias oficiales. Si Euskal Herria es el paraguas toponímico que nos cobija frente a las tres divisiones administrativas, ¿por qué no hacer lo mismo con un himno nacional que, como decía Arana Martija, es “el más veces cantado y el que documenta nuestra conciencia de nacionalidad desde hace más tiempo”?

Curiosamente, hoy día son los carlistas, los del PP y los del PSOE quienes lo siguen cantando y vindicando. El PNV y la izquierda abertzale lo tienen en su ADN histórico, aunque arrinconado. Los navarristas (Aizpún, Del Burgo, Alli, Diario de Navarra) siempre lo asumieron. Para todos simboliza las libertades vasconavarras: unos dentro de la españolidad; otros en la independencia; otros en el internacionalismo€. “Cada cual con su cadacualada” decía Patxi Larrainzar. ¿Qué deben ser pues los símbolos nacionales, sino puntos de encuentro de los pueblos con conciencia de serlo?

Vacunas pues -sobre todo para abertzales- contra el virus de la desmemoria, los complejos, la falta de autoestima y el sectarismo nacional.

Jose Mari Esparza Zabalegi


 

Matxinadas en Euskal Herria

anjel_rekalde

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La nuestra ha sido una sociedad alborotada. Agitada. Una colectividad sacudida cíclicamente por algaradas y protestas. Dotada con una fuerte personalidad, singular y diferenciada, con una historia larga y atormentada, esta tierra ha sufrido la mala suerte de encontrarse atrapada entre dos de los imperios más agresivos y jacobinos de Europa (cuna del imperialismo, por si hace falta decirlo). En consecuencia, ha acabado engullida por ellos.

Esta dominación no se impuso de un tajo, en un único momento crucial, con una invasión puntual y definitiva, sino que, en expresión del príncipe de Viana, utrimque roditur. Por todas partes nos han roído. La resistencia que nuestro pueblo ha opuesto ante ambos imperios ha generado un larga serie de pérdidas territoriales. Una sucesión de roeduras, de territorios arrebatados. Y, en ello, una fractura múltiple y parcelaria; una partición política y administrativa que hoy pagamos. Errioxa, Euskadi, Alta Navarra, Baja Navarra? 1054, 1200, 1462, 1512, 1620?

Otro de los rasgos históricos de este fastidioso recorrido ha sido la conservación de un cierto estatus jurídico en esas parcelas territoriales, un régimen de Fueros, a modo de concesión y contención del malestar de la población, un sistema foral que reunía derechos, reglas y disposiciones que ya estaban instalados en la cultura política del Estado navarro del que provenían. Fueros todavía, pero no propios, sino concesión regia de los estados ocupantes. Sin embargo, esto significaba una condición distinta; no actuaban en un marco soberano, sino que el poder era colonial, instalado en otra parte, y ello imponía un insalvable limitación en sus ofertas y componendas.

Como cuenta Xosé Estévez en su libro Matxinadas en Euskal Herria (Nabarralde, 2019), en este ambiente crecientemente tensional erupcionaron las matxinadas, que se manifestaron en coyunturas especialmente críticas. El término matxinada procede del vocablo ‘matxin’ (euskerización de ‘Martín’, santo patrón de los ferrones), nombre con el que genéricamente se designaba a los ferrones y por extensión a los campesinos que realizaban faenas relacionadas con las ferrerías. Posteriormente el término sería en euskera sinónimo de sedición, motín, tumulto, algarada, asonada, insurrección, revuelta.

La liga de los agavillados en Bilbao, el motín de la sal, la sublevación de Matalaz en Zuberoa, el tumulto de Donazaharre, la sedición de Iturbide en Nafarroa, el altercado de la sidra y los encapuchados de Zamalbide (Oiartzun), la matxinada de la carne en Gipuzkoa, las distintas asonadas femeninas en Lapurdi, La Zamakolada? La lista es interminable. Tras ser ocupado, la historia de este pueblo está plagada de estas rebeliones contra el régimen que se impuso. El profesor Estévez detalla un minucioso recuento de estas agitaciones del pasado vasconavarro.

En esta época presente en que los sindicatos y agentes sociales vuelven a convocar huelgas generales, y que los problemas políticos de fondo (con violencia o sin ella; que la estatal siempre está; nunca se fue) no se acaban de resolver, no está de más conocer y recordar cómo fueron aquellas sublevaciones y revueltas. ¡Cuánta energía derrocharon! ¡Cuánta rabia y esperanza! Sin embargo, no olvidemos que un marco administrativo «descentralizado», en definitiva un modelo colonial, sin soberanía, nunca ofrecerá las condiciones democráticas que necesitamos para gestionar y atajar los problemas que nos afectan, sean sociales o nacionales. Entretanto, seguiremos con los tumultos, motines y matxinadas, como vuelve la burra al trigo.

Angel Rekalde