Opinión / Iritzia

Orreaga o el día de nuestra independencia

todas las naciones tienen un día nacional donde conmemoran un hecho histórico. Los estadounidenses celebran el 4 de julio su Independence Day, los franceses el 14 de julio el día de la toma de la cárcel de la Bastilla por el pueblo o los españoles el 12 de octubre cuando Cristóbal Colón llegó al continente americano. Los vascos hemos elegido celebrar el día en el que el padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, tras una conversación en el patio de su casa en Abando con su hermano Luis, fue consciente a los 17 años (por tanto en el año 1882), de que no éramos españoles.

Es evidente que la conciencia nacional vasca fue resurgiendo durante todo el siglo XIX con las Guerras Carlistas de telón de fondo, ahí están los textos de Agosti Xaho o Antoine d’Abbadie por ejemplo, y tiene su culminación con Sabino Arana, cuyas ideas, no se puede negar, han dado el aliento a este pueblo durante el último siglo. El historiador español Manuel Tuñón de Lara en su libro Historia de España en el siglo XIX (1974) comentaba sobre esta cuestión: “Por encima de hechos aislados anecdóticos, el rasgo esencial y original que tienen la Guerra Carlista en Euskalerria es su dimensión popular que viene a ser, ni más ni menos, que el primer signo de formación de una conciencia nacional”.

Pero, si cogemos la historia de los vascos desde que tenemos documentación escrita, la conciencia nacional aparece muchísimos siglos antes. La clave parece estar en los movimientos sociales y políticos que continuaron a la caída del Imperio Romano Occidental y que se llamaron movimientos bagaudas, los cuales tuvieron su momento álgido durante los siglos V-VI. En nuestras tierras, los historiadores relacionan a los bagaudas con los pueblos euskaros prerromanos. Se puede considerar el movimiento bagauda como el inicio de la defensa de los pueblos euskaros de su territorio y origen de su unidad, la cual tendría su continuidad con el nacimiento del ducado de Vasconia sobre el año 600 y que culminará con la creación del Estado vascón de Pamplona y de Navarra entre los años 778 y 824 tras las dos batallas de Orreaga.

La conciencia nacional de los vascones ya fue comentada en el siglo XIX por la Asociación Euskara de Iruñea-Pamplona, como en el libro de Arturo Campión (1854-1937) Nabarra en su vida histórica: “Los vascones se nacionalizaron en forma de reino de Navarra. Durante un tiempo, difícil de acotar, vascón y navarro fueron términos equivalentes (…). El edificio histórico se asentaba sobre la base étnica en cuanto esta se exteriorizaba mediante el idioma, las costumbres, las instituciones y la conciencia nacional colectiva”. Este hecho histórico también fue descrito por el historiador estellés José María Lacarra (1907-1987) en su libro Historia del Reino de Navarra en la Edad Media donde comentaba que: “Las presiones exteriores acentuarán la unión y contribuirán a formar la conciencia nacional”.

El propio lehendakari Agirre fue consciente de nuestra realidad histórica cuando en el exilio pudo estudiar la historia del pueblo vascón: “(…) juzgo el reinado de Sancho el Mayor (1005-1030), sostengo que su genio indígena no solo sintió la unidad nacional sino que supo realizar una Confederación de Estados nacionalmente homogénea (…). Esta tesis no solo encuentra eco en los tiempos del Mayor sino también en los que precedieron a la monarquía pirenaica en esos trescientos años de lucha contra el invasor germano que es cuando se forma realmente la nacionalidad vasca con voluntad de existencia y de lucha”.

La primera batalla de Orreaga-Roncesvalles tuvo lugar el 15 de agosto del 778 y fue la base del Estado vascón y soberano de Navarra, sería nuestro Askatasun Eguna, hecho épico recogido en todos los cantares de gesta europeos. Según el historiador artajonés Jimeno Jurio (1927-2002), en esta batalla habrían participado al menos los vascones de lo que hoy son los territorios históricos de Gipuzkoa, Álava o Alta Navarra y también vascones del norte como bearneses o gentes de Bigorre. Así lo atestiguaría un documento lapidario de Pasaia. La lápida actual de Pasaia es del siglo XVI y está en el barrio de San Juan (Donibane) dentro de un humilladero, por tanto es muy tardía, pero, a sentir del lezotarra Lope Isasti (1565-1626), historiador contemporáneo a la misma, era una copia de otra más antigua. La lápida dice en latín: “En acción de gracias por la victoria obtenida y cumpliendo el voto hecho a Dios y a Santa María siempre Virgen por sí y sus compañeros de Pasajes (Pasaxe), vencedores, en la era (hispana) del 814 (año 778 dC), cuando fuimos a Orreaga (Orrierriaga) y al monte Pirineo, ahora llamado de Roncesvalles (Roncos Valles), a luchar contra el ejército de Carlo Magno, rey de los francos, con nuestro Pueblo de Basconia (Basconiepopvulo)”.

Aitzol Altuna Enzunza

Visigodos y vascones

Roger Collins insiste en la dificultad de determinar el alcance de la denominada cultura visigótica, que en ningún caso parece superar el carácter de un hecho liviano; un elemento humano, el visigodo, configurado, más por las coyunturas históricas en que hace acto de presencia, que por rasgos específicos que puedan definir una identidad. Con independencia de un origen escandinavo, fuertemente modificado con la aportación de elementos dispares, a pesar de germanos, no deja de responder al esquema predominante en las invasiones de la primera Alta Edad Media, sin rebasar los límites de un grupo dominante que se impone en determinados espacios del Imperio romano, al fallar la autoridad de Roma.

El mismo Collins destaca la artificiosidad de la cultura hispana por constituirlos en los fundadores de España como Estado y Nación, en la medida en que pretendieron implantar su dominio en los más amplios espacios territoriales de la Península. En los tiempos que siguieron a la islamización e implantación de la cultura árabe, el núcleo de poder político originado junto al Cantábrico, que culminaría con la constitución y expansión del Estado castellano, se arrogó la representación de una supuesta legitimidad gótica y cristiana que pretendió convertir en instrumento ideológico justificativo del proyecto nacional español. La referida pretensión imbuyó el imaginario español y ha llegado a tiempos recientes, los mismos del calificado nacional-catolicismo de Franco, hecho puesto de relieve por Collins igualmente.

Resulta fácil entender el sesgo goticista presente históricamente en el imaginario histórico español como componente básico de la cultura alto-medieval peninsular. Llamativamente este factor sigue contando con mayor predicamento que la aportación de la cultura arabo-musulmana, a pesar de su autoctonía y desarrollo cronológico de mayor amplitud y cercanía. Con todo, en el presente las atribuciones culturales hechas a los visigodos en los tiempos gloriosos de la historiografía decimonónica han sido desmontadas, exceptuadas las muy cualificadas de los tesoros de Guarrazar y alguna otra. Los planteamientos de Collins en decenios anteriores -culminación, en definitiva, de estudios abundantes, recientes y anteriores, impulsados por una revisión de la Historia de perspectiva racional- no han sido rebatidos. Los datos y elementos de juicio tienden a descartar la autoría visigótica de construcciones y necrópolis; sin que hasta el momento haya podido determinarse una tipología específica de arte y cultura visigótica. Con tales hechos no deja de sorprender la calificación -en ningún caso caracterización- de visigóticos que se otorga a determinados hallazgos alto-medievales que se producen en el territorio de la Comunidad Foral de Navarra (CFN). La expresión de cronología visigoda para establecer su contexto cultural, es, cuando menos, inadecuada. Equiparable a calificar en un futurible tiempo a hallazgos arqueológicos de nuestra época como de cronología norteamericana… (?).

Es más lamentable tal actitud, cuando las mismas fuentes filológicas evidencian la contundencia de una realidad humana en el referido espacio con idiosincrasia específica, el mundo vascón -aquitano al norte del Garona-. La generalidad de los estudiosos y expertos coincide en este punto. Corrobora esta valoración la realidad de los numerosos hallazgos que vienen sucediéndose desde finales del siglo XIX, correspondientes al ámbito vascón o aquitano, diferenciado del franco y de cualquier adscripción a los godos. Entre estos hallazgos se inscriben la necrópolis de Argaray en Iruña, de la que se pretendió forzar su pertenencia a los visigodos, aunque sus materiales en general, incluidas armas, responden a rasgos autóctonos. Con posterioridad han aparecido sepulturas en el claustro catedralicio -cristianas, dicen-, las encontradas en la plaza del Castillo, último episodio de los siglos oscuros, por no decir nada de la necrópolis bajo el Palacio del Condestable. Todo ello, sin mencionar Buzaga, en Elorz, y tantas otras, en tal abundancia que de haber sido visigodas Iruña contendría más restos de esta cultura que Toledo o Toulousse. Lo cierto es que de haber existido mayor interés por parte de los responsables culturales de las instituciones de la CFN tales hallazgos permitirían disponer de unos recursos de primer orden para determinar lo que sea la historia de nuestra Nación navarra, que para nuestra mala suerte es despreciada y ocultada.

Mikel Sorauren