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Alarde de Irún. ¿Qué hay que celebrar/conmemorar?

Alarde de Irun

Es una fecha muy especial, de enorme importancia para los Irundarras, y por eso mismo, teníendola tan cerca, creemos indispensable que todos sepamos qué es lo que se celebra, y si no deberíamos de revisar esta celebración.

Alarde militar en Irun

Después de la invasión castellana de Navarra en 1512 se produjeron varios intentos de recuperación que terminaron con la fatídica derrota en Noain. Los supervivientes de aquella batalla, bajo el mando del mariscal Pedro de Navarra recuperaron varias fortalezas para el legítimo rey de Navarra Enrique II «el Sangüesino».

El 30 de junio de 1522, día de San Marcial, los señores Labortanos de Urtubia y Senper conducían sus tropas desde la fortaleza navarra de Hondarribia hacia Irun, donde acampaban tropas españolas. El objetivo: tomar el castillo de Behobia.

La batalla, se basó en el factor sorpresa y la diferencia de fuerzas que proporcionaba la caballería. Según Moret, «se hizo creer al enemigo que el ejército imperial pasaría por el camino Real, entre Errenteria y Oiartzun, mientras las tropas se dirigieron a Irun por el valle de Alzubi de Legarra, subiendo la caballería silenciosamente al alto». Las tropas navarras cayeron en la trampa, al creer su espalda quedaba protegida por las rocas del monte San Marcial.

Entre los muertos destaca la figura de Johan Remíriz de Baquedano, héroe de la resistencia navarra, que en palabras del historiador Joseba Asirón, encabezó la revuelta de Estella en octubre de 1512, fue hecho prisionero en la intentona legitimista de 1516, venció a los castellanos en la batalla de Zegarrain en mayo de 1521 y participó en la desgraciada batalla de Noain, y posteriormente en la toma de Hondarribia a manos franco-navarras. Johan no encontró la justicia ni después de muerto, y todavía en 1539 su desgraciada viuda pleiteaba por recuperar la casa y los bienes de su difunto marido. En cualquier otro país, personas del talante de Johan Remíriz de Baquedano gozarían de prestigio y reconocimiento público, pero en la Navarra del siglo XXI es, todavía hoy, un perfecto desconocido.

Según la crónica de los vencedores el señor de Senper fue hecho prisionero al principio de la confrontación. Más tarde atacaron el campamento donde se encontraban los mercenarios alemanes al servicio del rey de Navarra. Estos fueron cañoneados y atacados por su retaguardia quedándoles la bajada al llano como única salida. Tras quedar indefensos, los soldados imperiales se ensañaron con ellos y otros se ahogaron en el Bidasoa, al intentar escapar.

Fue una victoria castellana señalada, aunque no por la dureza de los ataques ni por el número de combatientes muertos que fue muy escaso por ambas partes. Se trata de una de las escaramuzas previas a las tomas de los castillos de Amaiur (19 de julio de 1522) y Hondarribia (25 de marzo de 1524).

El alarde de Irun recuerda este capítulo de nuestra historia, aunque mal intencionadamente se ha hecho entender a la población que vencieron a un ejército francés, cuando realmente eran tropas navarras y gasconas.

Las monarquías española y francesa siempre nos han utilizado para agredirse mutuamente. En 1659, tras las conquistas de 1512-1524 por parte española y en 1620 por parte francesa, fijaron la frontera de sus estados a lo largo de los montes Pirineos, dividiendo a Navarra en dos, tal como reconoce el tratado de límites vigente hoy desde 1856.

Son muy numerosos los intentos que desde entonces se han dado, por parte de Irun y Hondarribia, para retornar a Navarra. Se realizaron gestiones entre los años 1638 al 1655, durante las cuales dejaron de asistir a las Juntas Generales de Gipuzkoa. Se trató en las Cortes de Navarra, de nuevo, en 1702, 1743-1744, y 1754. Finalmente se reincorporaron a Navarra el 26 de septiembre de 1805, pero el rey español Fernando VII decidió entregarlas a Gipuzkoa en 1814. Pese a todo los intentos continuaron en 1936 pero las autoridades franquistas de nuevo lo impidieron.

Eneko del Castillo


Bingen Amadoz: «Hablar de los victimarios era y sigue siendo un tabú»

Bingen Amadoz

Bingen Amadoz


 

Matones, victimarios, cuneteros… Sus nombres propios fueron impronunciables durante décadas, todavía lo siguen siendo en muchos casos, pero Bingen Amadoz recopila en «Matones», publicado por la editorial Pamiela, testimonios e historias que nos revelan quiénes fueron aquellos que acabaron con la vida de miles de navarros tras el golpe militar de 1936.

Acabaron con sus vidas e intentaron acabar también con su memoria. Aunque todos supieran quiénes habían sido los asesinos, los delatores, los que con frialdad elaboraban listas en sacristías y casas con blasón. En el caso de Bingen Amadoz él mismo es esa memoria, pues lleva el nombre de su tío asesinado. “Matones” parte de esa historia familiar y desde allí nos lleva a otras muchas, a lo largo de todo Nafarroa, las de aquellos que fueron impunemente asesinados, violadas, cazados como conejos, y las de sus familias, humilladas, saqueadas, obligadas a callar durante décadas… Bingen Amadoz ha escrito –con un gran pulso narrativo, por cierto– en realidad su historia, la de las víctimas, antes que la de los verdugos, y no busca venganza, sino reparación y justicia, tal y como señala la profesora y antropóloga Jacqueline Urla en el prólogo.

¿Se puede decir que el germen de «Matones» es la experiencia propia, lo sucedido con su familia?

Nada es casual, desde luego. Nacer en el seno de una familia supone heredar inevitablemente su historia, su propia cultura y también las dolorosas vivencias de los referentes más cercanos. Se me impuso además el nombre del hermano mayor de mi padre, asesinado con solo 22 años. Hay una cierta obligación moral para honrar su memoria y la de todos los que corrieron la misma suerte por pensar y por soñar con un futuro mejor para todos. En mi casa siempre hubo transmisión de la memoria y, por suerte, yo no olvido fácilmente.

En ese sentido, en el prólogo y a lo largo del libro, se dice que no hay un deseo de venganza, sino de reparación.

Sí. El deseo de venganza no existe en los testimonios recogidos. Solo existe dolor. No sé si existió en los años posteriores a aquella enorme tragedia. Lo cierto es que a pesar de que las víctimas mortales se contaron por millares y los robos y las humillaciones fueron incontables, no se conoció por parte de los represaliados ningún acto de venganza. Tal vez fuera por miedo a empeorar las cosas o quizás esto signifique sencillamente que la catadura moral de las personas victimizadas nada tenía que ver con la de los victimarios. Justicia, reparación y dignidad, en cambio, son valores que identifican a nuestras familias y por eso se reivindican con firmeza.

A lo largo de muchos años, todavía hoy, hablar de los victimarios, con nombres y apellidos, parecía casi un tabú. ¿Por qué cree que ha sido?

Era y sigue siendo un tabú en buena medida. No se habla sobre esto entre los descendientes de las partes que un día estuvieron enfrentadas. A ciencia cierta nadie está seguro de cuánto y hasta dónde saben los otros. ¿Por qué tanto silencio? Pues, fundamentalmente por el miedo, también por el desconocimiento, que es una consecuencia del mismo silencio. En algunos casos por el deseo de ocultar. No ocurre esto en Alemania o en Italia. Claro que existe una gran diferencia. Allá el fascismo perdió la guerra y aquí en cambio la ganó. Los malos que se creyeron buenos nos gobernaron con mano de hierro durante cerca de cuarenta años para que nadie rechistara y, además, cuando murió el dictador en su cama, en la época de lo que se llamó transición, ordenaron las cosas de tal manera que las marionetas se fueron moviendo al ritmo de los hilos que ellos controlaban. Cambiaron las camisas azules por las blancas de demócratas de toda la vida y de esta manera no hubo justicia, ni se cerraron las heridas abiertas. Y los culpables pudieron terminar sus días gozando de un anonimato impune que les protegió.

Una de las cosas que impresionantes el gran número de personajes insignificantes que se sintieron importantes al formar parte del bando de los matones. ¿Hay algo de sicológico o sicótico en ello?

Sí. Creo que investigar la personalidad de los matones es todo un reto para los profesionales de la sicología y de la siquiatría. Estoy convencido de que en muchas de las acciones protagonizadas por los matones hay elementos sicóticos, de descontrol mental, al menos transitorio. De otro modo resulta humanamente incomprensible tanta crueldad, tanta ausencia de empatía, y tanto odio exacerbado y absurdo. Una de las cosas que más asustan seguramente es saber que los que se apuntaron a matar eran gentes “normales” que no atemorizaban a nadie en las fechas previas al golpe de estado. Luego al mundo cercano lo barrió un huracán, las pasiones más bajas se desataron y ya nada fue igual.

También me parece terrible, incluso más que los propios arrestos y fusilamientos, esas personas que hacían fríamente listas de personas que había que eliminar.

Eran los prolegómenos del asesinato. De las denuncias se hacía criba en las Juntas de Guerra Carlistas, en las casas de los sublevados o en las de los ricos que decidían quién debía vivir y quién no. Se hacían las listas que luego pasaban a los ejecutores. A la hora de confeccionar las listas había discusiones: este no que es pariente, este sí que no va a misa, vamos a añadir a aquel otro que se destacó en tal manifestación o como militante de una organización. Los que elaboraban las listas conocían muy de cerca a los condenados, que no iban a tener a su favor ni a un abogado defensor ni a un juez benevolente, sencillamente porque nunca habría juicio.

A pesar de esa impunidad, otra de las cosas que se repiten en el libro es cómo de alguna manera muchos esos victimarios tuvieron una especie de justicia poética o del destino, con muertes horribles o funerales a los que nadie acudía.

Los matones lo eran, a pesar de todos los pesares. Muchos de ellos no solamente eran aborrecidos y denostados por las familias de sus víctimas. Sus amigotes habían sido compañeros de hazañas inconfesables y, cuando las cosas se fueron serenando, se ponía distancia sobre todo a los que se habían destacado en hechos crueles, que vistos desde una perspectiva de intentar una cierta normalización de la convivencia, se hacían inaceptables para todos. Había entre los asesinos personalidades muy difíciles de encajar en el conjunto de la comunidad. Por otra parte, en las familias represaliadas existía la romántica idea de creer que la justicia divina caía sobre los culpables condenándoles en vida a sufrir castigos corporales, consecuencia de enfermedades que se los llevaba prematuramente. Cierto es que algunos de ellos malvivían no pudiendo acallar la voz de su mala conciencia. Hubo entre ellos suicidios y locuras varias. Se les castigó en multitud de ocasiones con entierros solitarios y eso en nuestra cultura cobra un gran significado.

En «Matones» hay mucho trabajo de campo que parece recopilado a lo largo de muchos años, de escuchar historias, encontrarse con gente, etc. ¿Cómo se ha conformado el libro?

Hay una parte que surge de mis propios conocimientos. Siempre pregunté mucho y en mi casa el silencio solo se mantuvo de puertas afuera. Por otro lado durante seis años he ido recogiendo testimonios de personas que vivieron aquella terrible experiencia. Perdieron a sus padres, a sus hermanos o a otros familiares y amigos. La segunda generación que recibió la herencia de sus mayores con todo detalle, también ha participado en entrevistas y encuentros, a veces acompañando a los protagonistas directos y otras como testigos importantes que sabían muy bien de qué hablaban. Para la recogida de las palabras me moví por pueblos y ciudades de Nafarroa, a veces para seguir las pistas de los matones me desplacé a Gipuzkoa, Alto Aragón y Castilla. Hubo contactos telefónicos para recabar informaciones con personas que trabajan la memoria en distintos lugares. ¿Como conseguí los contactos con las personas que tenían mucho que contar y que querían hacerlo? Pues generalmente a través de amigos que hicieron de intermediarios y gracias a la ayuda de asociaciones memorialísticas que siempre han estado dispuestas a echar una mano. También encontré a los testigos en actos de homenaje, inauguraciones de memoriales, actos institucionales organizados como reparación para las víctimas, en exhumaciones…

Libros como «Matones» son necesarios en cuanto a la reparación y a la memoria histórica, pero, ¿qué más pasos serían necesarios dar?

Yo creo que en Nafarroa y en el conjunto de Euskal Herria, se han dado muchos pasos, sobre todo en estos últimos tiempos, en favor de la reparación y la memoria. Las asociaciones memorialísticas están muy activas y gracias a ellas ha habido un empuje muy importante que ha implicado directamente a las instituciones, que por fin están, en gran número, en manos de fuerzas al menos antifascistas. Esto facilita las cosas, evidentemente. Sin embargo, queda mucho por hacer. Hay centenares de exhumaciones pendientes solo en Nafarroa. En muchas comarcas del estado ni siquiera se ha empezado. Lo he podido comprobar en visitas recientes a lugares donde todavía no se ha podido hacer nada y entiendo que todas las personas asesinadas y arrojadas a las cunetas y a las fosas comunes merecen ser honradas dignamente.

Gara, 2020/06/21


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‘Matones’ A la luz como corresponde

Era una de las novedades destacadas de Pamiela para el Día del Libro, pero, dada la situación, la presentación pública del nuevo libro de Bingen Amadoz tendrá que esperar. 80 estremecedores relatos componen este volumen del que DIARIO DE NOTICIAS ofrece un adelanto.

Bingen Amadoz. Foto: cedida

«Hay muchas personas cuyos crímenes han podido permanecer ocultos, cuando no han sido celebrados. Este libro trata de dar luz a esa oscuridad, a ese legado de crímenes tapados y negados casi cincuenta años después de que finalizara la dictadura, cuya violencia deja sus huellas en las memorias de las familias».

Jacqueline Urla, Profesora de la Universidad de Massachusetts, EE UU

Los testimonios recogidos en Matones son tan solo una muestra. En Navarra hubo unos 3.500 asesinados y, por tanto, otros tantos dramas. Este es el elemento más trágico de la represión, pero son incontables los demás aspectos de la feroz política de humillación, robo, pérdida de empleos llevada a cabo durante la guerra, la postguerra y la dictadura. Le sucedió un período de reciclaje interesado, de pseudodemocracia tan largo como la dictadura. Los dueños del poder se dedicaron a tapar, a poner todas las dificultades posibles para no enseñar. Hay un largo rosario de órdenes primero y de desidia después, que afectaron directamente a los perdedores. No cabe todo en lo que, sin embargo, sí puede ser un compendio que resume un total inabarcable.

El objetivo final del trabajo, el ¿para qué?, es fácil de explicar. Se trata de divulgar lo ocurrido para sacarlo a la luz asuntos tras décadas de silencio.

1. El miedo, esa cerrada niebla

El miedo, esa cerrada niebla que se pega a la piel para contagiar su fría humedad. El miedo, ese fantasma que paraliza los músculos del cuerpo, esa tenaza pesada que acogota el alma, la entraña del que lo padece. ¿Qué hacer con el miedo sembrado por las peores pasiones de las gentes? Hay miedos que acompañan toda una vida. ¿Cómo desasirse del miedo que nos atrapa con sus verdades crueles hasta hacernos indefensos, débiles, vulnerables? Cuando la tiranía del miedo emponzoña a toda una sociedad víctima de la injusticia€ convierten a los perdedores en esclavos de la dictadura o de los que la defienden en una interminable agonía a la que denominan transición y democracia, sabiendo todos que es mentira, que no han cambiado más que la envoltura para que bajo falsas apariencias no se cambie lo fundamental, lo realmente necesario. Imponen monarquía, amejoramiento del fuero, sin consultar al pueblo. Y al miedo le dan alas para que siga aplastando.

40 años y luego 39 más. Y en agosto de 2014 en Valcardera, nuestro Delphos particular, el oráculo de los dioses rojos nos muestra su mensaje de esperanza. Viene surcando los cielos a lomos de 53 parlanchinas cigüeñas. Las cosas van a cambiar, ¡por fin! Vamos a abrir puertas para expulsar al miedo. Y ciertamente ocurre. Es mayo de 2015.

Reunimos a tres hermanas que fueron vecinas de la calle de la Merced, en el casco viejo de Iruña. Las tres son huérfanas de padre desde 1936. La Merced€ tan lejos de la justicia, tan cerca de la pobreza. El fascismo se ensañó con sus vecinos. Masacraron al barrio para «limpiarlo» de rojos. 80 años después, en 2016, las tres mujeres hablan del miedo. Se citan personajes, penurias, encuentros, insultos, y vuelven al miedo. Y al silencio inevitable provocado por el terror del nuevo orden que odia las palabras.

En el cine Príncipe de Viana mientras los asistentes esperan a que empiece la función alguien esta criticando al dictador. Un hombre se levanta y echa mano del pistolón que guarda entre la ropa y lo empuña ante el público empequeñecido, tembloroso. Todo el cine escucha su amenaza: «Al que hable mal de Franco lo mato». Y se hace el silencio. Y el miedo se inmiscuye en lo más profundo de las mentes infantiles, juveniles, adultas, allá donde ya han encontrado su sitio el dolor, la angustia y las carencias.

Se escuchan en los adoquines las grandes zancadas de Pasos largos, el requeté Benito Santesteban. Se desplaza desde el taller de la calle Dormitalería, donde se fabrican santos y se deciden matanzas, hasta la tienda de artículos religiosos abierta al público en la avenida de Carlos III. Es alto, de cara desgraciadamente fea, pero en el recuerdo destaca ante todo el miedo que sembraba a su paso.

Las hermanas nunca pudieron hacer el duelo por su padre al que apresaron cuando trabajaba alicatando las paredes de lo que pronto sería el garage de Unsain en la plaza ahora de las Merindades. Sus captores le dijeron: «No hace falta que te pongas la chaqueta. No la vas a necesitar». Se lo llevaron y aun hoy es un desaparecido. A su familia ni siquiera le permitieron que lamentara su ausencia. En su casa no pudieron expresar dolor ante nadie. Tampoco hubo posibilidad de superarlo, de paliar la pena, de encontrar consuelo. A sus hijas se les olvidó para siempre llorar. El miedo ocupó el lugar de las lágrimas. El miedo se alargó más y más en el tiempo, anuló la capacidad de reacción e incluso se intentó colar de refilón entre las transmisiones heredadas por la siguiente generación. Pero ahí se pilló los dedos. Se transmitieron el dolor, el trauma pero el miedo no. El miedo hubiera querido generar olvido entre los perjudicados pero ahí también fracasó estrepitosamente. Siempre hubo memoria. Cada vez hay más memoria.

En la Merced había rojos y también azules, seguramente menos, pero los había. «Saludaba todos los días a la señora Babila que vivía debajo –dice una de las hermanas–, y ella solo contestaba con portazos. La escuchábamos gritar apoyada en el alféizar de la ventana: «Hay que matar también a los hijos de los rojos!». Y nosotros niños, hijos de rojos ¿que podíamos esperar? ¡Ay!, qué miedo!». Pero las ganas de matar se avinagran o se pasan. ¡Vaya usted a saber! Nadie sabe qué le pudo ocurrir a la señora Babila pero un día en vez de contestar a los buenos días con un portazo hizo pasar a la niña a su casa. «Me cogió aupas –cuenta la niña ahora viejecita–, y me dio más besos de los que me había dado mi madre en toda su vida».

La niña tuvo que trabajar muy pronto. Era vendedora de leche a los ocho años. Unos la insultaban: «¡Culo tomate!», «Hija de rojo» y otros le pedían perdón. Algunas mujeres que habían acudido a la Vuelta del Castillo para aplaudir las ejecuciones no tenían la conciencia tranquila. Se arrepentían de sus risas y aplausos. Imploraban a las niñas huérfanas que les perdonasen. Tal vez lamentaban la miseria que habían ayudado a levantar porque la tenían delante de sus ojos. Además, entre los vencedores también había miedo. Había peticiones de perdón que más bien parecían egoísmos interesados. Por si acaso. Aquella lecherita cuenta: «Había quien pedía perdón y a continuación me decía: ‘Ya nos protegerás si esto da la vuelta, no?».

La madre de las tres hermanas que ahora recuerdan no perdió la cordura ni la dignidad y aún le escuchan decir: «Hijas mías encontraréis gentes buenas y malas tanto entre los izquierdas como entre los derechas». Sin embargo le partía el alma saber que a los genocidas se les había elevado al nivel heroico de los guerreros merecedores de laureles de triunfo. «¿A jugar a los Caídos? –les contestaba a sus nietas–, no, ¡ahí no os llevaré nunca!».

Las instituciones mantuvieron el monumento funerario que glorificaba la memoria de Mola y de Sanjurjo para mayor oprobio de las víctimas. Sí. Allí estaba, en medio de la ciudad el elogio de la ignominia hecho piedra, panteón excelso para recordar las ordenes estrictas de Emilio Mola Vidal, director de la sublevación:

«Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo».

«Hay que sembrar el terror€ Hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros».

Durante 57 años han permanecido enterrados en la cripta del Monumento a los Caídos de Iruña dos de los mayores genocidas: José Sanjurjo Sacanell y Emilio Mola Vidal. En noviembre de 2016 han podido ser exhumados y sus restos han sido entregados a sus familiares. Eso ha ocurrido merced a la gestión decidida de un gobierno municipal que ya no está en manos ni de los vencedores de la guerra civil ni de sus herederos ideológicos, de sus defensores, o de los que han mirado para otro lado, manteniendo a Mola y a Sanjurjo en el lugar de honor que no les correspondía. La sola presencia del monumento ha sido una afrenta continua, una espada sangrienta colgada en el aire para escarnio de las víctimas.

Las mujeres de la Merced demuestran con su testimonio hasta qué punto resulta vinculante la actitud de las instituciones civiles y eclesiásticas con el miedo de las viudas y de los huérfanos.

Ellas reconstruyen paso a paso los 79 años de persecuciones, con sus momentos de luz gracias a mayorías políticas puntuales que lograron reconocimientos en medio de polémicas dolorosas y los escasos meses de luz, de verdadera protección.

En 2003 el Parlamento navarro, el PSOE, IU, CDN, EA, PNV, la disuelta Batasuna y Batzarre apoyaron una declaración, propuesta por la asociación de familiares de asesinados y desaparecidos de la comunidad, en la que se expresaba el recuerdo y reconocimiento hacia los millares de republicanos (socialistas, nacionalistas vascos, anarquistas e izquierdistas de todas las tendencias) asesinados por los sublevados franquistas. Los 22 parlamentarios de UPN se negaron a apoyar aquel texto que encauzaba una primera reparación hacia las víctimas de las matanzas del 36. UPN gobernaba la comunidad y su presidente Miguel Sanz ejerció como representante de su grupo para justificar la negativa a la declaración. Esta postura provocó la indignación y los abucheos de los familiares de las víctimas que asistían a la sesión.

Hubo, además, otra intervención pública que tuvo su efecto directo en el corazón de las víctimas navarras del fascismo. El arzobispo de Iruña Fernando Sebastián, en vísperas del pleno, amenazó al Parlamento con denunciarlo ante los tribunales por injurias si aprobaba la declaración en los términos en que estaba escrita. En el texto se incluía una consideración según la cual las ejecuciones se habían llevado a cabo no solo con el beneplácito de la jerarquía católica, que se manifestó públicamente en favor del Alzamiento, sino en algunos casos con su participación directa. Ciertos sectores progresistas de la Iglesia ya habían tratado de influir en las asambleas de la asociación para suavizar el texto, pero los familiares rechazaron la propuesta por práctica unanimidad.

Estos hechos mencionados en la declaración parlamentaria fueron corroborados por el testimonio de innumerables personas que vivieron bajo el terror de los victimarios y de sus colaboradores directos. Sin embargo, para el arzobispo Sebastián ese párrafo del manifiesto que refería el papel jugado por la Iglesia no respondía a la verdad histórica y era gravemente injurioso. En su opinión los fusilamientos y atropellos que tuvieron lugar en Navarra en los primeros meses de la guerra civil se encuadraban en una situación general de debilitamiento de las instituciones públicas y duros enfrentamientos entre la población.

En lugar de pedir humildemente perdón por las responsabilidades que corresponden a la institución que en ese momento presidía, prefirió hurgar en la llaga de las víctimas. Estas recuerdan muy bien, porque lo asumieron como un hito más en la larga e injusta persecución padecida durante casi toda su vida.

No conforme con esto, el arzobispo Sebastián poco antes de la celebración de elecciones, invitó a sus feligreses a tener muy en cuenta opciones políticas como la Falange, la Comunión Tradicionalista Carlista y otras agrupaciones fascistas.

Suma y sigue. Su sucesor, Francisco Pérez no se mostró conforme en 2016 con la exhumación de los genocidas y promovió una apelación contra la decisión del Ayuntamiento de Iruña.

Las mujeres huérfanas de la Merced viven ahora un momento ilusionante en el que por fin han logrado superar el miedo. La más joven de las tres relata: «Conseguí llevar en mis manos un clavel rojo desde la plaza del Ayuntamiento hasta la plaza de la Libertad y desde allí hasta mi casa. Nunca hubiera tenido el valor de expresar en la calle este sencillo gesto si el gobierno siguiera estando en manos de UPN. Si así fuera, probablemente, ni siquiera me hubiera atrevido a estar aquí ofreciendo mi testimonio».

Bienvenidos sean los tiempos que hacen desaparecer el miedo.

2. Fumar mata

En años que cabalgaban entre dos siglos Francisca Armendáriz de casa Lanako de Obanos se pone a servir en la casa de un matrimonio que vivía en la calle San Antón de Iruña. El marido es militar y sus obligaciones de servicio lo mantienen las más de las veces lejos del domicilio conyugal. Presta servicio en las guerras de la época: Filipinas, Cuba y más tarde en destinos más cercanos, pero generalmente lejos del domicilio fijo establecido por la pareja en la capital navarra. La esposa morirá en su primer parto. Así, el niño recién nacido, Alberto Lorenzo Lamas, nunca conocerá a su madre y tampoco convivirá por largo tiempo con su padre. Las visitas paternas no serán frecuentes. Pero Alberto no está solo. Francisca se ocupará de él y lo criará como si fuera su propio hijo. En ausencia del padre, Francisca retorna a la casa nativa de Obanos donde vive su hermana Leocadia con su cuñado Balbino Vélaz y sus tres hijos. Alberto será uno más de la familia y solo regresará a la ciudad, con su amatxo de Valdizarbe, cuando venga el padre a visitarlo. Pronto será definitivamente huérfano de madre y padre y la familia obanesa será en adelante la única que le arropará en todo lo necesario. No le faltarán ni cariño, ni cuidados. Clara Vélaz Armendáriz, que heredará al pasar el tiempo la casa Lanako, lo querrá como a un hermano que le supera en edad por unos pocos años.

Alberto estudia Letras en Zaragoza y una vez licenciado vuelve a Iruña y dirige por un tiempo el periódico La Voz de Navarra, órgano del Partido Nacionalista Vasco. Sin embargo, sus diferencias con el PNV no se hacen esperar dadas sus inclinaciones ideológicas, más identificadas con opciones de izquierda. Junto al tipógrafo pamplonés Ramón Bengaray, dueño de una conocida imprenta, funda la revista Abril, en la línea de pensamiento de Izquierda Republicana. Salen a la calle muy pocos números porque el golpe de Estado corta de raíz las posibilidades de toda prensa libre. Debido a su condición de periodista Alberto Lorenzo puede acercarse al Gobierno Militar en vísperas de la sublevación y lo que ve no le gusta nada. Se disparan todas sus alarmas hasta el punto de refugiarse en Lanako de Obanos mientras se decide el rumbo de la historia. «Si el golpe fracasa vuelvo a mi quehacer –piensa–, y si las cosas se ponen feas, tomo el camino hacia Francia.» En Obanos nadie, salvo su familia, sabe de su presencia, porque dadas las circunstancias, conviene pasar totalmente desapercibido. A partir del 18 de julio se desatan las malquerencias y los inesperados odios. La discreción de un principio pasa a ser para el huido escondrijo que defiende su vida ante el peligro real de los requetés, que se han hecho dueños del pueblo. En el cuarto donde duerme hay una ventana que da a la huerta. Alberto es fumador empedernido y, apoyado en el alféizar, apura calada tras calada el cigarrillo que mata su ansiedad y entretiene un obligado ocio de far niente, sin advertir que en la oscuridad de la noche la brasa del tabaco toma fuerza con cada aspiración y está siendo observada por los vecinos carlistas que viven al otro lado de la huerta. «En esa casa no fuma nadie –certifican los delatores–, el que fuma solo puede ser Alberto.»

Emilio Jaurrieta preside la Junta de Guerra Carlista y recibe la denuncia de los vecinos cercanos a casa Lanako. El Caco Del Río es un personaje chiquito y malencarado de Garés que de la noche a la mañana se ha convertido en jefe comarcal del Requeté. Tarda muy poco en acudir a la casa sospechosa. Su llamada es atendida por Clara Vélaz, una joven de 22 años. «¡Que baje Alberto!», ordena el represor. Clara niega la presencia del muchacho pero Del Río no se quiere volver de vacío. Encañona a Clara y grita: «O sale Alberto o te pego un tiro aquí mismo». El joven baja precipitadamente de su cuarto y sus captores lo trasladan preso al Fuerte de San Cristóbal, en el monte Ezkaba. Su familia de adopción conoce a través de unos y otros el lugar donde se encuentra detenido y allí se dirigen Clara y Balbino, su padre, para intentar saber algo más y si es posible verlo. El intento resulta baldío. Poco antes del cinco de agosto llega un aviso. Ese día Alberto va a ser puesto en libertad. Nuevamente, padre e hija se desplazan al monte Ezkaba en el taxi del obanés Arana con la idea de volverlo a traer al pueblo. En la puerta del penal la espera se hace larga. Recuerdan entonces que Arturo Beguiristain, cura natural de Obanos, es capellán en el Fuerte y deciden preguntar por él. El religioso accede a recibirles. Se presenta con un arma de gran calibre diciendo: «No esperéis a Alberto porque esto se va a limpiar de rojos». Dan la vuelta cabizbajos y, ya en la puerta, un muchacho de Artajona que esta haciendo guardia les reconoce y les dice: «No lo esperéis más. Esta mañana se los han llevado a la Bardena. Alberto me ha pedido un cigarrillo y yo le he dado todo el paquete sabiendo que era lo último que iba a fumar».

A día de hoy no se conoce todavía con exactitud el lugar donde Alberto Lorenzo Lamas fue asesinado. Es uno más entre la multitud de desaparecidos que fueron enterrados en tumbas y fosas comunes anónimas.

Lejos de arrepentirse, los delatores, que habían perdido un hijo en el frente, insistían en sus encuentros posteriores con la familia adoptiva de Alberto que este era el culpable de la muerte de su hijo, como si el voluntariado carlista tuviera que ver con la inocencia de un joven republicano asesinado por tener ideas distintas a las suyas.

Diario de Noticias, 19.04.2020