Cultura / Kultura

Enterramientos, osarios y carnarios en el santuario de Uxue

SEPULTURAS ABSIDES UJUE

SEPULTURAS ABSIDES UJUE
LA COSTUMBRE DE ENTERRAR EN LAS IGLESIAS. El término cementerio (del griego: lugar para dormir) implica que el terreno está designado específicamente como terreno para enterrar. Desde el siglo VIII, el entierro europeo estaba bajo control de la Iglesia y solamente podía ocurrir en el terreno consagrado de un templo.

Las prácticas variaron, pero en Europa por lo general, los cuerpos eran enterrados en un sepulcro familiar, pero solo hasta que se descomponían. Los huesos entonces eran exhumados y almacenados en cámaras y osarios, sitos también en lugar sagrado.

ENTERRAR EN LAS IGLESIAS PROBLEMA SANITARIO

Desde mediados del siglo XVIII el problema higiénico de los enterramientos en el interior de las iglesias, fue una de las grandes preocupaciones de las autoridades civiles. Numerosos médicos y científicos, insistían por motivos de salud pública en la exigencia de enterrar lejos de lugar poblado. En ese mismo siglo XVIII, en Navarra se habla del hedor que sufrían los fieles debido al hacinamiento de cadáveres en el subsuelo de las iglesias.

Lo dice el médico Manuel Joaquín Ortiz, que en diciembre de 1781 refiere como era de inaguantable el hedor de las tres parroquias de Pamplona, San Lorenzo, San Saturnino y San Nicolás así como en la iglesia del Hospital general (hoy museo de Navarra). Y eso solo es un ejemplo de lo que sucedía en muchos sitios.

LAS SEPULTURAS MAS ANTIGUAS DE LA IGLESIA DE UXUE

Parece ser que dentro de la iglesia de Ujue no fue habitual hacer enterramientos aunque hay noticia de que algún prior si fue enterrado en la misma. Quedó sin cumplir el testamento de la reina doña Blanca de Navarra que quiso ser enterrada  en la nave gótica delante del coro.

Durante las excavaciones que se hicieron en el suelo de la nave gótica allá por los años 80 del siglo pasado, solo se encontraron restos óseos en dos o tres lugares y hace cuatro años  se comprobó con el carbono 14 que los  últimos restos humanos que se enterraron en las sepulturas aparecidas bajo el suelo de la zona románica  lo fueron en el siglo X.

Sepulturas de la zona de los ábsides románicos excavadas en la roca que los arqueólogos dataron como de entre el siglo III y el VI. Fueron utilizadas hasta el  siglo X-XI. Cada tres losas del suelo del atrio se corresponde con una sepultura. El arco que vemos a la derecha de la foto  se corresponde con  un antiguo mausoleo del que ha desaparecido la sepultura. En Ujué los enterramientos se hacían en el Losau, o atrio de entrada a la iglesia y en Santana, a la derecha de la puerta principal hacia los ábsides románicos, zona en donde también aparecieron varias estelas funerarias.

En el archivo diocesano de Pamplona hay documentados bastantes litigios familiares de gente de Ujué generalmente generados entre varias ramas de un mismo apellido, por querer el uso exclusivo de una misma sepultura del Losau o entorno.

Las excavaciones hechas tanto la iglesia así como el Paseo de Ronda demostraron que aquí se enterraba como en todos los pueblos: en la iglesia y alrededores.

EXCAVACIONES EN EL ATRIO. EL OSARIO DE LA ZONA SUR

Un descubrimiento arqueológico fue encontrar un carnario o foso de enterramiento común en el arco de los cuatro evangelistas  junto a la misma puerta principal del santuario. La boca del carnario está al pie de esas dos piedras talladas con un pequeño arco gótico cada una. No excavaron dentro por lo que en un futuro se podrán investigar los cuerpos y osamentas ahí depositados. Se supone que en este osario se enterró colectivamente. Tiene al menos seis metros de profundidad.

Sepulturas encajonadas  hechas en el siglo XVIII sobre otras de época medieval. En medio del excavación se ven dos  sepulturas con distinta orientación Son medievales que están a mayor profundidad. Una de ellas contiene un esqueleto con una vieira por lo que seguramente el difunto era peregrino jacobeo.

EL OSARIO DE LA ZONA NORTE

Si nos pasemos por el Paseo de Ronda  e incrustado en el muro del este, veremos un calvario tallado en piedra. Bajo él en el mismo suelo se encuentra una gran cripta osario.

INTERIOR DEL OSARIO DE LA ZONA NORTE DEL SANTUARIO DE UJUE

Este osario fue  investigado por el sacerdote don Onofre Larumbe el año 1932. Era el lugar donde se depositaban los huesos de los difuntos y quizás fue fosa común en época de pestes, ya que allí se encontraron varios esqueletos enteros y con piel, momificados.

Varios miembros de  esta familia fueron alcaides del Castillazo de Uxue en el siglo XIV.
Piedras como ésta suelen tapar hornacinas donde solían depositar los huesos descarnados de los difuntos.

Al parecer los arcos de la zona que en Ujué llamamos de Santa Ana fueron sepulcros de gente importante . Arcos de la misma  hechura que estos, pero ciegos, los veremos en muchas catedrales y santuarios

Zona del Castillazo

La zona cercada a la izquierda del santuario fue base de la torre principal del castillo y solar usado como cementerio hasta 1886. A principios del diecinueve se empezó a enterrar a escasos treinta metros de la iglesia en la zona del solar de la torre principal del Castillazo. En 1886 el cementerio se trasladó definitivamente al término de Ardui a un km del pueblo que es donde se encuentra actualmente.

La mujer del Monumento a los Fueros: Rosa Oteiza

FuerosLaTxistorraDigital

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Rosa Oteiza Armona izan zen Ubago arkitektoak emakumea irudikatzeko erabili zuen eredua. Ubagorekin hiru seme izan zituen, eta, haren abizena eman zien arren, arkitektoak ez zuen emakumearekin ezkondu nahi izan, txiroa zelako. 1883an Iruñeko San Anton kalean jaioa, XX. mende hasierako ama ezkongabea izan zen Oteiza. Garaiko jendartean aurreiritzien aurka borrokatzeaz gain, bere haurrei uko egin behar izan zien eta bakardadean hil zen.

El Monumento a los Fueros fue levantado por cuestación popular en un entorno de grandes movilizaciones populares contra la iniciativa del ministro de Hacienda español Gamazo, quien en 1893 se propuso modificar las normas fiscales de Nafarroa. La semana pasada finalizaron las obras de restauración de la obra del arquitecto pamplonés Manuel Martinez Ubago, una escultura que tuvo un coste de 200.000 pesetas (1.200 euros) y sigue aún sin haber sido inaugurada oficialmente.

Pero, ¿quién fue la modelo de la escultura? A continuación reproducimos la información obtenida por La Txistorra Digital de manos de Lara Ubago, bisnieta de Rosa Oteiza.

Lara Ubago es el nombre profesional de María Jesús Fernández Martínez de Ubago, nacida en 1963, nieta por parte de madre de Julio Martínez de Ubago, hijo del escultor y la joven que le sirvió de modelo. Julio siempre le dijo a Lara, con mirada triste, que se parecía muchísimo a su madre; un dato que es difícilmente comprobable porque no se conservan fotografías de Rosa Oteiza. Al ponernos en contacto con Lara, pudimos recomponer en buena medida la trayectoria vital de Rosa Oteiza, aunque hay algunas lagunas en el relato fruto de que sus propios hijos la dieron por muerta muchos años antes de que falleciera, en los años 70 en Pamplona.

Conociendo sus orígenes…

Cuenta Lara que, salvo los comentarios de su abuelo, Julio, de que se parecía mucho a su madre (“que murió joven”, decía él), no tenía ningún conocimiento de la historia de su bisabuela. Sin embargo, en el colegio Francés de San Sebastián en el que estudió, compartía clase con otro niño apellidado Martínez de Ubago, también de segundo. “Era este niño el objeto de todos mis desvelos infantiles”, recuerda Lara. “Me picaba la curiosidad, lo del apellido… ¿seríamos primos?”. Una de sus profesoras, un día, les preguntó si sabían por qué se apellidaban igual. Los dos niños fueron a casa y volvieron con dos versiones diferentes y escasas de la historia. “A él le habían contado que éramos descendientes de unos hijos bastardos de su abuelo. A mí, que éramos fruto de los hijos de un primer matrimonio de mi bisabuelo…. casorio más o menos. Al final, nos salió la cuenta de que yo era su sobrina y él mi tío”.
En posteriores consultas a su madre, Lara fue enterándose de que su abuelo no había querido nunca hablar de su infancia ni de su madre. “Había un gran tabú, probablemente también un gran dolor”, apunta Lara. Sin embargo, poco a poco fue sabiendo que era de la rama “siniestra” de los Martínez de Ubago, hijos de José María, reconocidos por él, a quién dio sus apellidos… y poco más.

Sin embargo, y con mucha paciencia, ha podido ir recomponiendo la historia de su bisabuela, Rosa Oteiza, dándole coherencia pese a los momentos de su vida en los que desaparece del mapa incluso para sus propios hijos. Un relato que comienza con una Rosa joven que tiene amores con el escultor José María Martínez de Ubago.

Rosa Oteiza, según los artículos recapitulados en 2001 por el periodista Fernando Pérez Ollo (que al parecer fue vecino de Rosa Oteiza durante muchos años), habría nacido en 1883. Según los datos de que dispone su bisnieta Lara, Rosa sería la hija de la portera de un colegio de Pamplona, la mayor de bastantes hermanos de una familia muy humilde que vivía en la portería del colegio. La belleza de Rosa cautivó a José María Martínez de Ubago, arquitecto y escultor, de una clase social superior a la de Rosa: algo que, en aquellos años de finales del XIX impedía un posible matrimonio. Cuentan incluso, para acabar de liar la madeja, que por su amor pelearon José María y su hermano Manuel, coautor del Monumento a los Fueros.

Antes de cumplir 20 años, Rosa había sido ya madre dos veces de hijos engendrados por José María Martínez de Ubago. El primero recibió no sólo el apellido, sino también el nombre de su padre. El segundo de los hijos de Rosa y José María fue Julio, el abuelo de Lara, nacido en 1903. Posteriormente, como hermano de los anteriores se crió Luis Martínez de Ubago, de quien Lara ha recibido la versión de que era hijo de otra madre, pero del mismo padre. A Luis se le acabó el amparo paterno más joven que a sus hermanos y no pudo ir demasiado a la escuela, por lo que acabó siendo carpintero.

Los tres, como corresponde a la época, y al haber sido reconocidos por su padre, recibieron de éste los dos apellidos. José María, Julio y Luis se apellidaban Martínez de Ubago Lizarraga, por lo que el apellido de Rosa Oteiza se perdió por completo. De ahí que Lara, hasta mucho tiempo después, ni siquiera supiera el nombre de su bisabuela.

Rosa detiene una boda. Allá por 1908, aproximadamente, Rosa reaparece en la vida de José María Martínez de Ubago. En esa fecha, tanto él como su hermano Manuel (creador también del Monumento a los Fueros) trabajaban en Zaragoza, donde entre otras cosas crearon el precioso quiosco modernista de música. Según ha podido averiguar Lara, la reaparición de Rosa Oteiza fue sonada. “Parece ser que José María se iba a casar dentro de su clase social y Rosa Oteiza lo impidió, presentándose en la boda con los hijos de ambos. Sería un tremendo escándalo en la época”.

Tal vez a consecuencia de ese escándalo, José María Martínez de Ubago cambia su residencia y se marcha a San Sebastián. Los hermanos Julio, José María y Luis, también crecieron allá, en una pensión que probablemente pagaría el propio escultor. Pese a ello, no acudió a sus bodas ni conoció a los nietos que le dieron. Es más: como apunta Lara, “si alguien, por equivocación, llamaba a casa de los Martínez de Ubago oficiales de San Sebastián preguntando por alguno de los nuestros, la respuesta era que no hay más Martínez de Ubago en San Sebastián que ellos”. Es la parte de la familia que desciende de un matrimonio del escultor, ya maduro, con su secretaria, también casi adolescente. Le dio 5 hijos, entre ellos, la madre del compañero de clase de Lara.

Mientras, los hijos de Rosa y Jose María fueron creciendo en la Donostia en la que Martínez de Ubago fue arquitecto, político del Partido Radical de Lerroux e incluso alcalde. “Mi abuelo dibujaba muy bien, y ya adulto trabajó para su padre como delineante”, cuenta Lara. Así, trabajando de día para su padre y estudiando de noche, Julio consiguió el título de aparejador. No supieron nada de aquella madre a la que, probablemente, habrían visto por última vez en 1908, en el escándalo de la boda, cuando Julio tenía apenas 5 años. Aquella madre, para los tres hermanos, “había muerto joven”… pese a que Rosa, como veremos, seguía viva.

¿Por qué los hijos de Rosa Oteiza, mientras se criaban en San Sebastián, en una pensión pagada por su padre, creyeron que su madre había muerto? Su bisnieta Lara, de lo que conoce y escuchó a su abuelo, se atreve a lanzar una triple hipótesis de lo que pudo ocurrir tras la boda que paró Rosa en Zaragoza, y el posterior traslado de José María Martínez de Ubago a San Sebastián. “Puede ser que Rosa y él siguieran juntos y, aunque no educara a sus hijos, les pasara algo de dinero e incluso, como he dicho, le diera trabajo a mi abuelo años después. Puede que, simplemente, Rosa dejara a sus hijos, a cargo del padre. O puede que ambos llegaran a un acuerdo por el que ella desaparecía del mapa a cambio de que a sus hijos les llegara dinero de su padre para pagar su educación”.

El caso es que los hermanos crecieron sin madre y también sin una figura paterna. Su madre, para ellos, estaba oficialmente muerta. O, tal vez, como apunta Lara, ellos renegaron de la existencia de su madre, por pura vergüenza o por ruptura del trato con ella.

Rosa vuelve… y cerca de Donostia

Pero Rosa seguía viva. Reaparece documentalmente en 1932, con 49 años. Y reaparece no en Pamplona, sino más cerca de San Sebastián: en Rentería. Según los datos que La Txistorra Digital ha recopilado, gracias a la digitalización de los archivos de Rentería, Rosa fue comadrona titular de la localidad entre 1932 y 1942.

Lara cree que el hecho de que viviera tantos años cerca de San Sebastián, donde residía José María Martínez de Ubago, abre la posibilidad de que la suya fuera una relación secreta e ilícita de muchos años. En cualquier caso, sobre la duración de los amores entre ambos únicamente puede especularse. El caso es que Rosa, al menos geográficamente, estaba cerca de sus hijos y ya incluso, en esa época, de sus nietos. La duda que tiene Lara es si Rosa estaba “cerca abiertamente o desde la distancia, manipulando los hilos para que José María no dejara de ayudarlos, pero sin que sus descendientes supieran de ella”.

A partir de aquí viene la leyenda urbana. Tanto Fernando Pérez Ollo como otros pamploneses dicen recordar, allá por los años 60, la presencia de Rosa en la capital navarra. Sus hijos, sin embargo, seguían viviendo en San Sebastián, y no tuvieron trato con ella. El caso es que Rosa, al parecer, fallece en la década de 1970, en Pamplona. Y la rama “bastarda” de los Martínez de Ubago, más de treinta años después, no recibió ninguna comunicación de los actos del centenario del Monumento a los Fueros. Y eso que eran descendientes directos del escultor del monumento y de la joven que sirvió de modelo. Pese a su azarosa vida, Rosa Oteiza, prácticamente no había existido para la Historia.

A Lara, de todo este periplo vital de Rosa, le queda el deseo de conocerla mejor, de conocer mejor los orígenes de su familia. Por ejemplo, querría ver fotos o dibujos de su bisabuela. “Tal vez los haya en la fundición Masriera y Campins, de Barcelona, donde se hizo la escultura”.

Antes contábamos cómo Lara Ubago conoció la existencia de su bisabuela Rosa Oteiza, la que fuera modelo para la matrona del Monumento a los Fueros, y de una rama «oficial» o legítima de descendientes de su bisabuelo, el escultor José María Martínez de Ubago. Pues bien: tras ser consciente, al menos en parte, de la historia que subyacía en lo que en su familia se comentaba, Lara siguió investigando, preguntando y conociendo más datos. Algunos, casi los menos, los aportaba la Historia oficial. El resto pertenecen a una intrahistoria muy poco conocida.

Rosa Oteiza, según los artículos recapitulados en 2001 por el periodista Fernando Pérez Ollo (que al parecer fue vecino de Rosa Oteiza durante muchos años), habría nacido en 1883. Según los datos de que dispone su bisnieta Lara, Rosa sería la hija de la portera de un colegio de Pamplona, la mayor de bastantes hermanos de una familia muy humilde que vivía en la portería del colegio. La belleza de Rosa cautivó a José María Martínez de Ubago, arquitecto y escultor, de una clase social superior a la de Rosa: algo que, en aquellos años de finales del XIX impedía un posible matrimonio. Cuentan incluso, para acabar de liar la madeja, que por su amor pelearon José María y su hermano Manuel, coautor del Monumento a los Fueros.

Antes de cumplir 20 años, Rosa había sido ya madre dos veces de hijos engendrados por José María Martínez de Ubago. El primero recibió no sólo el apellido, sino también el nombre de su padre. El segundo de los hijos de Rosa y José María fue Julio, el abuelo de Lara, nacido en 1903. Posteriormente, como hermano de los anteriores se crió Luis Martínez de Ubago, de quien Lara ha recibido la versión de que era hijo de otra madre, pero del mismo padre. A Luis se le acabó el amparo paterno más joven que a sus hermanos y no pudo ir demasiado a la escuela, por lo que acabó siendo carpintero.

Los tres, como corresponde a la época, y al haber sido reconocidos por su padre, recibieron de éste los dos apellidos. José María, Julio y Luis se apellidaban Martínez de Ubago Lizarraga, por lo que el apellido de Rosa Oteiza se perdió por completo. De ahí que Lara, hasta mucho tiempo después, ni siquiera supiera el nombre de su bisabuela.

Rosa detiene una boda

Allá por 1908, aproximadamente, Rosa reaparece en la vida de José María Martínez de Ubago. En esa fecha, tanto él como su hermano Manuel (creador también del Monumento a los Fueros) trabajaban en Zaragoza, donde entre otras cosas crearon el precioso quiosco modernista de música. Según ha podido averiguar Lara, la reaparición de Rosa Oteiza fue sonada. “Parece ser que José María se iba a casar dentro de su clase social y Rosa Oteiza lo impidió, presentándose en la boda con los hijos de ambos. Sería un tremendo escándalo en la época”.

Tal vez a consecuencia de ese escándalo, José María Martínez de Ubago cambia su residencia y se marcha a San Sebastián. Los hermanos Julio, José María y Luis, también crecieron allá, en una pensión que probablemente pagaría el propio escultor. Pese a ello, no acudió a sus bodas ni conoció a los nietos que le dieron. Es más: como apunta Lara, “si alguien, por equivocación, llamaba a casa de los Martínez de Ubago oficiales de San Sebastián preguntando por alguno de los nuestros, la respuesta era que no hay más Martínez de Ubago en San Sebastián que ellos”. Es la parte de la familia que desciende de un matrimonio del escultor, ya maduro, con su secretaria, también casi adolescente. Le dio 5 hijos, entre ellos, la madre del compañero de clase de Lara.

Mientras, los hijos de Rosa y Jose María fueron creciendo en la Donostia en la que Martínez de Ubago fue arquitecto, político del Partido Radical de Lerroux e incluso alcalde. “Mi abuelo dibujaba muy bien, y ya adulto trabajó para su padre como delineante”, cuenta Lara. Así, trabajando de día para su padre y estudiando de noche, Julio consiguió el título de aparejador. No supieron nada de aquella madre a la que, probablemente, habrían visto por última vez en 1908, en el escándalo de la boda, cuando Julio tenía apenas 5 años. Aquella madre, para los tres hermanos, “había muerto joven”… pese a que Rosa, como veremos, seguía viva.

Tras los dos primeros capítulos de la verdadera historia de Rosa Oteiza, la joven pamplonesa que sirvió de modelo para la matrona que corona el Monumento a los Fueros de Iruña, el interés de nuestros lectores no ha decrecido. Es más: muchos quieren saber qué pasó con ellas tras haber parado la boda del padre de sus hijos, y escultor del monumento. Pues, con este capítulo, cerramos la historia. O no, porque quedan aún cosas por saber… ojalá alguien nos pueda seguir dando más datos.

¿Por qué los hijos de Rosa Oteiza, mientras se criaban en San Sebastián, en una pensión pagada por su padre, creyeron que su madre había muerto? Su bisnieta Lara, de lo que conoce y escuchó a su abuelo, se atreve a lanzar una triple hipótesis de lo que pudo ocurrir tras la boda que paró Rosa en Zaragoza, y el posterior traslado de José María Martínez de Ubago a San Sebastián. “Puede ser que Rosa y él siguieran juntos y, aunque no educara a sus hijos, les pasara algo de dinero e incluso, como he dicho, le diera trabajo a mi abuelo años después. Puede que, simplemente, Rosa dejara a sus hijos, a cargo del padre. O puede que ambos llegaran a un acuerdo por el que ella desaparecía del mapa a cambio de que a sus hijos les llegara dinero de su padre para pagar su educación”.

El caso es que los hermanos crecieron sin madre y también sin una figura paterna. Su madre, para ellos, estaba oficialmente muerta. O, tal vez, como apunta Lara, ellos renegaron de la existencia de su madre, por pura vergüenza o por ruptura del trato con ella.

Rosa vuelve… y cerca de Donosti

Pero Rosa seguía viva. Reaparece documentalmente en 1932, con 49 años. Y reaparece no en Pamplona, sino más cerca de San Sebastián: en Rentería. Según los datos que La Txistorra Digital ha recopilado, gracias a la digitalización de los archivos de Rentería, Rosa fue comadrona titular de la localidad entre 1932 y 1942.

Lara cree que el hecho de que viviera tantos años cerca de San Sebastián, donde residía José María Martínez de Ubago, abre la posibilidad de que la suya fuera una relación secreta e ilícita de muchos años. En cualquier caso, sobre la duración de los amores entre ambos únicamente puede especularse. El caso es que Rosa, al menos geográficamente, estaba cerca de sus hijos y ya incluso, en esa época, de sus nietos. La duda que tiene Lara es si Rosa estaba “cerca abiertamente o desde la distancia, manipulando los hilos para que José María no dejara de ayudarlos, pero sin que sus descendientes supieran de ella”.

A partir de aquí viene la leyenda urbana. Tanto Fernando Pérez Ollo como otros pamploneses dicen recordar, allá por los años 60, la presencia de Rosa en la capital navarra. Sus hijos, sin embargo, seguían viviendo en San Sebastián, y no tuvieron trato con ella. El caso es que Rosa, al parecer, fallece en la década de 1970, en Pamplona. Y la rama “bastarda” de los Martínez de Ubago, más de treinta años después, no recibió ninguna comunicación de los actos del centenario del Monumento a los Fueros. Y eso que eran descendientes directos del escultor del monumento y de la joven que sirvió de modelo. Pese a su azarosa vida, Rosa Oteiza, prácticamente no había existido para la Historia.

A Lara, de todo este periplo vital de Rosa, le queda el deseo de conocerla mejor, de conocer mejor los orígenes de su familia. Por ejemplo, querría ver fotos o dibujos de su bisabuela. “Tal vez los haya en la fundición Masriera y Campins, de Barcelona, donde se hizo la escultura”.

Patxi Abasolo Lopez
LA TXISTORRA DIGITAL