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El escudo bandera de Nabarra-Nafarroa-Navarra-Navarre

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El Escudo de Nabarra, origen y evolución del escudo. Libro de Armería del Reino de Nabarra



Según este armorial sus armas se blasonan de la siguiente manera: De gules (rojo), carbunclo cerrado pomelado de oro, una esmeralda sinople (verde) en forma de losange (rombo) en abismo (en el centro).

Timbrado de una corona de tres florones.

(El escudo va timbrado por la corona real navarra pero, para ir dentro de la enseña, es mejor eliminarla. Cualquier blasón puede ir timbrado o no. Esta peculiaridad no es obligatoria).

Según el heraldista nabarro Jaime Albillos, los escudos heráldicos, desde su creación por razones bélico-prácticas, fueron controlados por las normas que se crearon para su vigilancia. Su defensa estaba encomendada a los reyes de armas, los heraldos y los persevantes. En estos cargos residía la legitimidad para encauzar el desarrollo de esta ciencia. Su lugar de conservación y consulta eran los libros de armería (como si fuera un registro civil). Para los nabarros, el “Libro de Armería del Reino de Nabarra”, debiera ser una especie de “biblia histórico-heráldica”.


Escudos utilizados por los reyes navarros de las siguientes dinastías:

La leyenda de las cadenas es una invención para justificar origen del escudo de Navarra. Este ya existía antes de la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212 y lo podemos ver en un sello de Sancho VI “el Sabio” (1150-1194).

Sancho VII “el Fuerte” (1194-1234) utilizó el Águila Real o Arrano Beltza hasta su muerte como emblema personal. Existen varios pergaminos en los que se puede ver este sello con forma de águila.

Su heredero y sobrino Teobaldo I (1234-1253) recuperó las armas de su abuelo Sancho VI y las juntó con las de Champaña. Sus sucesores le dieron la configuración que ha perdurado de generación en generación hasta el siglo XVI, momento de la conquista.

Junto con las Armas de Nabarra se representaban también las de otros territorios o familiares pero siempre se sitúa el escudo más importante en el primer cuartel.


Armas de Navarra:

Sello de Enrique I (1270-1274) luciendo las Armas de Navarra

 


Estandarte de Navarra:

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Bandera de Navarra-Nabarra / Nafarroako Bandera:

 


Bandera con el Escudo de Navarra-Nabarra:

 

Bandera con escudo de Nabarra timbrado:

 
 

Evolución del escudo de Nabarra después de la conquista:


 

Catalina I, la reina que también defendió Olite

Catalina de Foix

Catalina de Foix


Al hilo del cambio de nombre de la Avenida del Ejército de Pamplona por el de Catalina I, última reina de la Navarra independiente, y para descalificar la decisión del Alcalde Joseba Asiron, se ha vuelto repetir la cantinela de que la monarca y su esposo, el rey Juan III, fueron unos afrancesados que tenían desatendido el reino, un viejo infundio que ya puso hace 14 años en solfa el historiador pamplonés Álvaro Adot Lerga en su libro “Juan de Albret y Catalina de Foix o la defensa del Estado Navarro (1483-1517), de editorial Pamiela, en el que demostraba como prueba de arraigo que la mayoría de los doce hijos que tuvieron hasta 1512, nueve en concreto, nacieron en Navarra (Magdalena, por ejemplo, en Olite el 29 de marzo de 1494).

Precisamente en el archivo municipal de la ciudad del castillo hay un códice que también habla de milicias y regimientos, como la avenida pamplonesa, y que en el lomo lleva el título “Daños que hizo el conde de Lerín en Olite con el ejército de Castilla” y que, además, avala el interés que tanto Catalina como su marido tuvieron en la defensa de reino frente a quienes intentaron, y consiguieron, su ruina. Se trata del documento conocido como “Inventario de Bienes de Olite (1496)”, descubierto hace 40 años por el recientemente desaparecido medievalista tafallés Ricardo Cierbide Martinena.

En esta alhaja en pergamino la titular del reino no ceja en reclamar al rey de Castilla y Aragón, Fernando el Católico o el Falsario, para que resarza a los de Olite de los daños hechos por su soldadesca aliada que saqueó la población durante meses y arruinó la mayoría de haciendas, quemó casas, secuestró vecinos, sustrajo rebaños enteros, robó cereales o vino y rapiñó desde joyas a libros. Todo ello quedó apuntado, inventariado, tras escuchar a los testigos que pasaron aprestar declaración con nombre y apellido. Unas pérdidas cuantiosas que Catalina I y Juan III intentaron cobrar para los olitenses y que nunca se pagaron.

Meses antes del asalto, cuando Catalina fue proclamada heredera al trono de Navarra, Castilla alertó a su ejército y el consejo de Olite, ante el peligro, trató con los de Tafalla la defensa de la comarca y les prestó dos cañones o culebrinas. Fue en vano, porque a fin de humillar a la plaza fiel a los monarcas navarros, gentes castellanas del obispado de Calahorra apoyaron al conde Luis de Beaumont para lanzar el saqueo.

Del inventario hecho de las 222 casas asaltadas se deduce que no quedó prácticamente hogar de Olite sin quebranto. El montante de todo lo robado o destruido ascendió a 23.861 florines, que la reina Catalina tuvo siempre muchas dudas en cobrar porque, escribió Cierbide, “el daño ascendía a una suma que excedía el valor de los bienes del Conde, y porque Fernando el Católico no correría con ello …”.

El documento de daños que guarda el archivo es preciosísimo por su detalle y la información de todo tipo que descubre. Por ejemplo, a Pere Esteban le sacaron de casa “un buey y dos asnos y los echaron por la puerta de la villa, a fuera, y no le dejaron salir por ellos y se los comieron los lobos. Valen ….”. Y así, muchos y muchos olitenses, a los que Catalina I amparó frente al ejército que mancilló y arruinó la población.

El Olitentse